‘Siempre hemos vivido en el castillo’ de Shirley Jackson

Título original: We Have Always Lived in the Castle

Año de Publicación: 1962
Nº de páginas: 222

Ilustración de portada: Thomas Ott

Editorial: Penguin

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.» Con estas palabras se presenta Merricat, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo, que lleva una vida solitaria en una gran casa apartada del pueblo. Allí pasa las horas recluida con su bella hermana mayor y su anciano tío Julian, que va en silla de ruedas y escribe y reescribe sus memorias. La buena cocina, la jardinería y el gato Jonas concentran la atención de las jóvenes. En el hogar de los Blackwood los días discurrirían apacibles si no fuera porque los otros miembros de la familia murieron envenenados allí mismo, en el comedor, seis años atrás.

Nunca he sido una ávida lectora de historias de terror pero tras asomarme al mundo inquietante y mágico de Merricat Blackwood quizás tenga que replantearme esta tendencia. Digo terror porque así es como se cataloga esta novela en la mayoría de las librerías, pero no estamos hablando de literatura de terror al uso. No hay elementos sobrenaturales ni asesinatos macabros. La nota oscura de la historia recae la mayor parte del tiempo en la aparente normalidad con la que se desarrolla la vida de los tres personajes que habitan “el castillo” (cuatro, si contamos al gato Jonas), a pesar de las circunstancias extraordinarias y siniestras en las que se cimenta su rutina.

El personaje de Merricat tiene un poder hipnótico que atrapa desde la primera página: caprichosa, tremendamente imaginativa e inteligente, tierna y feroz a partes iguales y demasiado infantil, a veces, para lo que correspondería a sus dieciocho años. Este cóctel hace de ella una narradora genial que juega con el lector a su antojo, revelando a lo largo de la novela, con sumo cuidado, pequeñas porciones de su versión particular de la historia de los Blackwood.

Hay pocos pasajes del libro que no sean una auténtica joya en cuanto a construcción de personajes se refiere. Sobre la historia, poco más se puede decir que no estropee el placer de adentrarse en esta obra sin una impresión previa.

Te gustará si te gustaron el lado oscuro de las narraciones de H.P. Lovecraft y Algernon Blackwood y el toque infantil y mágico de la obra Roald Dahl.

Mi versión de la portada:

Anuncios