‘Relatos de lo inesperado’ de Roald Dahl

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Título original: Tales of the Unexpected

Año de publicación: 1979

Nº de páginas: 320

Editorial: Anagrama

La personalísima obra de Roald Dahl es cada vez más conocida y apreciada en España. Relatos de lo inesperado es quizá su libro más universalmente famoso, en el que demuestra de forma plena la afirmación: «La mente de Roald Dahl es inequívocamente malévola y perversa» (The Washington Post). En efecto, el autor despliega de manera magistral su mortífero ingenio y su macabro sentido del humor a lo largo de estos cuentos, rematados con desenlaces tan imprevistos como certeros. Este libro dio lugar a una célebre serie televisiva cuyos episodios estaban presentados por el propio Roald Dahl.

El lado más cínico y siniestro, macabro incluso, del autor inglés puede pillarnos muy por sorpresa a los que solo lo conocemos por sus obras infantiles. La maestría con la que juega con las tensiones tan diferentes de estos relatos es maravillosa y nos demuestra con creces su dominio del género. Consigue tenernos en vilo a pesar de que a veces podemos acertar a imaginar cómo acabará por resolverse el enredo. En otras ocasiones nos deja con cara de pasmo de la manera más espectacular.

Desde un hombre que dona su cerebro a la ciencia para que después de muerto lo mantengan vivo en una cubeta, a la dulce patrona de una posada que se deshace de sus inquilinos de la manera más bizarra, pasando por el matón del internado, muchos años después sentado frente a nosotros en el mismo vagón de metro. En todos ellos nos acercamos, de una manera u otra, a las caras menos agraciadas de la condición humana: los celos, el rencor, la avaricia y la maldad más pura, todo ello barnizado con una capa bien gruesa de humor negro.

En ‘La subida al cielo’ el autor consigue que nos volvamos tan maniáticos de la puntualidad como la señora Foster, llegando a acelerarnos el pulso con los continuos retrasos provocados por el marido. En ‘Cordero asado’ asistimos a una transformación de lo más milagrosa: el del arma del delito que pasa a ser la cena de toda una comisaría de policía. La figura del timador, también habitual en los relatos de Dahl, nos acompaña en ‘Hombre del sur’ y ‘Mi querida esposa’.

Un compendio de verdaderas historias inesperadas de rápida ingesta pero digestión pausada que golpean de lleno al lector y lo acompañan bastante tiempo después de la lectura.

Te gustará si te gustó ‘Wilt’ de Tom Sharpe.

Mi versión de la portada:

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‘Final del juego’ de Julio Cortázar

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Año de publicación: 1956

Nº de páginas: 232

Editorial: Punto de Lectura

Los dieciocho relatos que componen Final del juego constituyen otros tantos experimentos en la perfección: en pocas páginas ellos solos se ponen las condiciones y ellos solos las cumplen. El ajuste interno hace que los relatos de Cortázar parezcan sencillos, mientras se leen. Pero luego, enseguida, descubrimos en nuestro interior una maraña de sensaciones nuevas, de ideas que nunca habíamos pensado, de instrucciones distintas para ver la realidad. Ha terminado el juego y la literatura nos deja frente a la vida, que acaba de cambiar.

En esta colección de relatos, Cortázar nos muestra su lado más siniestro, macabro incluso, dos adjetivos que anteriormente me habría costado relacionar con su obra. La realidad se estira para confundirnos entre sus dobleces. El famoso relato del pulóver azul (‘No se culpe a nadie’) es una muestra de la maestría indiscutible del autor, que valiéndose de un objeto tan cotidiano nos lleva a experimentar unas sensaciones de lo más estridentes. Tres palabras le bastan para barrer de un plumazo la danza y dejarnos pasmados.

Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas.

‘La puerta condenada’ y ‘Relato con fondo de agua’ nos dejan si no la sangre helada, sí un incómodo desasosiego del que cuesta desembarazarse. Desde luego, no recomendables para leer antes de ir a dormir.

En algunos relatos, vemos cómo el narrador juega con los límites de nuestro entendimiento y destruye gran parte de la confianza que hayamos podido depositar en él. En otros, desde un principio intuimos la fatalidad pero los detalles más íntimos se nos van revelando poco a poco.

‘Después del almuerzo’ juega con nuestra imaginación de una manera brutal, llevándonos a pintar en nuestro ojo interior las posibilidades más incómodas: algo que es extremadamente difícil de mirar pero de lo que no podemos apartar la vista. La forma en que no nos revela nada y a la vez lo revela todo es terriblemente cruel.

‘Axolotl’ es otro ejemplo genial de cómo Cortázar puede inventar la premisa más absurda y conseguir que, como ocurre en el propio relato, entremos en ella como si fuera nuestra única realidad.

‘Final del juego’ es el broche perfecto para esta magnífica colección de realidades paralelas en la que el autor hace gala de su habilidad habitual para convertir el detalle más nimio en un golpe implacable del destino.

Te gustará si te gustó ‘La invención de Morel’ de Adolfo Bioy Casares

Mi versión de la portada:

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‘The 13 Clocks’ de James Thurber

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Año de publicación: 1950

Nº de páginas: 128

Editorial: NYR Children’s Collection

Título en español: Los 13 relojes

Ilustración: Marc Simont

Los 13 relojes es una fábula para adultos y un cuento fantástico para niños. Escrita en un estilo poético y cadencioso, repleto de deliciosas rimas internas, cuenta la historia del malvado duque del Castillo del Ataúd, que vive con su sobrina, la bella Saralinda. Los trece relojes del castillo están parados a las cinco menos diez porque el duque mató al Tiempo. Todo cambia cuando un misterioso trovador Xingu llega al castillo, y con la ayuda del voluble y olvidadizo Gólux, intentará superar la titánica prueba que le impone el duque: conseguir mil piedras preciosas en exactamente noventa y nueve horas, y regresar cuando los relojes que nunca dan las cinco marquen esa hora.

Este maravilloso relato de James Thurber condensa todo el sabor de los cuentos de hadas tradicionales en una prosa preciosa y delicada que a veces casi deja de ser prosa y pasa a ser rima, canción y poesía. La historia nos llega tamizada a través de esa sensación de lejanía y bruma que tienen las historias antiguas. El carácter fantástico y el toque ligeramente surrealista me recordó en ciertos pasajes al tono de ‘La serpiente Uróboros’ de E.R. Eddison.

Nos encontramos con situaciones un tanto crudas pero narradas como si fueran pequeños tesoros. Los personajes se definen de forma compleja en cuanto a ornamentos, pero con rasgos muy simples y absolutos: los malos son malísimos y los buenos tienen tendencia a salir indemnes de las complejidades que se les presentan. El personaje más emblemático es sin duda el Gólux, un ente mágico con una tendencia genial a olvidar unas cosas e inventar otras, que accede a ayudar al príncipe a lo largo de su épica aventura.

Magia, maldiciones ancestrales, personajes invisibles… Una lectura para momentos nostálgicos que disfrutarán especialmente aquellos que valoren una escritura muy cuidada.

Mi versión de la portada:

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Pintura de Samuel Scott (1702 – 1772)