‘El coleccionista de libros’ de Alice Thompson

Título original: The Book Collector

Año de publicación: 2015

Nº de páginas: 208

Editorial: Siruela

En la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, un hijo adorable, una lujosa residencia… Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo —un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave— hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con los que su propio hogar le tiene reservados…

Se trata de un libro tan corto como intenso. Aunque al principio la presentación de los personajes pueda parecer un poco demasiado escueta, pronto entramos en el ritmo de la narración y todo se vuelve frenético, relegando a un segundo plano esa sensación inicial. Creo que precisamente lo reducido de esta obra es uno de sus grandes aciertos, ya que de ello deriva gran parte de su redondez. Más tarde ese mismo carácter cobra un nuevo sentido al relacionarse directamente con las peculiaridades de un cuento de hadas.

La historia es claustrofóbica, espesa y abrumadora. La parcialidad del narrador no hace sino añadir a ese sentimiento de desorientación; nunca estamos del todo seguros de si lo que vemos es real. Las vagas referencias al escenario y la época se suman a su vez al carácter fantástico que, de nuevo, no hace sino reafirmarnos en la convicción de que estamos leyendo un cuento de hadas moderno. Pero no una de esas nuevas versiones edulcoradas, sino más bien uno de los antiguos, de esos en los que lo macabro y lo siniestro no se escondían y en los que ningún protagonista tenía asegurado el éxito final. La intuición bastante temprana de la solución del misterio no le resta interés a la narración.

Encontramos continuas referencias al gaslighting, sobre el que se apoya gran parte de la inquietud que nos produce esta lectura. A pesar de llevar razón en la mayoría de sus temores, la protagonista pierde la confianza en sí misma debido a la insistencia de su marido, la criada e incluso su amiga en el delicado estado de su salud mental.

– Archie, ¿dónde vas por las noches?

El volvió a sentarse en el borde de la cama. Incluso en medio de aquella oscuridad, Violet podía percibir su quietud, pero también oía el golpeteo de sus dedos sobre el bastidor de la cama: tac-tacatac-tac, tac-tacatac-tac.

– No voy a ningún sitio, querida.

Violet encendió la lámpara de gas que había junto a la cama. La mirada de su esposo era firme y vigilante como la de un reptil.

El efecto que ese mecanismo sombrío tiene en Violet, culmina en una alucinación y en su ingreso en el sanatorio, en el que cualquier comportamiento o comentario pueden ser interpretados como una señal inequívoca de su desequilibrio.

Violet miró a su alrededor. Había mujeres comiendo o mirando al vacío, contemplando el fuego o vagando sin rumbo por la habitación. Y por un absurdo momento pensó: “Esto no es muy distinto al orden habitual de las cosas: solo son mujeres viviendo y sobreviviendo, esto es lo que les ocurre a las mujeres que no encajan en un mundo creado por hombres”.

Al final, a pesar de que el sentimiento de desasosiego no se disipa, el fuego se presenta como un elemento purificador y, por un momento, podemos compartir la euforia de la protagonista. En mi opinión, la autora ha sabido encontrar, con gran acierto, un punto de equilibrio muy escurridizo entre las aguas superficiales de su escritura y el temor por lo que se esconde en las profundidades.

Te gustará si te gustó ‘El papel pintado amarillo’ de Charlotte Perkins Gilman.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita

‘La sirena y la señora Hancock’ de Imogen Hermes Gowar

Título original: The Mermaid and Mrs Hancock

Año de publicación: 2018

Nº de páginas: 460

Editorial: Siruela

Londres, septiembre de 1785. Uno de los capitanes del armador Jonah Hancock llama con urgencia a su puerta en mitad de la noche para comunicarle la increíble noticia de que ha vendido su barco a cambio de algo absolutamente excepcional: el cuerpo disecado de una pequeña sirena.
El rumor se propaga como la pólvora, desde los astilleros y los burdeles hasta los cafés y los salones nobiliarios; todo el mundo quiere ver la recién descubierta maravilla. El encuentro del señor Hancock con Angelica Neal, la cortesana más deseable y cotizada de la ciudad, marcará el nuevo rumbo de sus vidas. ¿Dónde los llevará su ambición en una época de improbables ascensos sociales? ¿Y podrán escapar al poder de aniquilación que, según dicen, posee la mítica criatura marina?

Las páginas de este libro están llenas de luz y color: no hay una sola en la que nuestra atención no se pose en un personaje colmado de abalorios (reales y figurados) o un escenario tan bien definido que adquiere un matiz de decorado. Este carácter, junto con el continuo cambio de perspectiva y los capítulos relativamente cortos resultan en una lectura ligera y muy rica a la vez. La forma en que la autora mezcla lo más mundano con la fantasía y lo sobrenatural me ha parecido maravillosa.

Las miradas tan dispares de Angelica Neal y el señor Hancock nos regalan estampas evocadoras, cada uno a su manera: la cortesana nos muestra lo que se cuece tras las cortinas de la casa de citas y lo que se siente siendo una de las prostitutas más distinguidas de todo Londres, mientras que él nos invita a ser testigos del terremoto que sufre la vida de un hombre sencillo tras un golpe de fortuna un tanto particular. A lo largo del libro veremos cómo los dos, aunque especialmente ella, sufren una transformación más o menos sutil pero omnipresente: la aceptación, tras un largo periodo de fingimiento, de lo que realmente es importante para uno.

Me pareció muy interesante el juego de perspectiva que nos presenta la autora con respecto al prostíbulo y todo lo que sucede a su alrededor. En un principio puede resultar engañoso, ya que la información que recibimos viene de la señora Chapelle (la orgullosa dueña del establecimiento), del señor Hancock (que en su visita lo encuentra todo fascinante y perturbador a la vez) y de las cortesanas más jóvenes (a las que aparentemente todo les parece un juego). Más tarde, gracias a la historia de Polly, nos chocamos de lleno con lo que antes ya intuimos en fogonazos breves: las chicas son poco más que esclavas y lo más elevado a lo que pueden aspirar es a caer en gracia a algún caballero de buena posición. La evolución de esa impresión se acentúa hasta la crudeza más afilada que culmina en la última y triste aparición de la señora Chapelle.

Una pérdida no es un vacío.

Una pérdida es en sí misma una presencia; una pérdida acumula espacio; una pérdida nace, como cualquier cosa que vive.

En mi opinión, se genera un paralelismo bastante llamativo entre este cambio de visión y la diferencia, también muy marcada, entre el hallazgo de la primera sirena y la segunda. En el primer caso, estamos ante el cadáver disecado y diminuto de una criatura que rápidamente adquiere el estatus de atracción de feria. La segunda sirena que le trae al señor Hancock el capitán Tysoe Jones nada tiene que ver con la anterior. Esta vez se trata de un ser vivo, incorpóreo y fragmentado, casi como una medusa, rodeado de un aura mágica y triste, hecho de agua y de pena. Esta criatura fantástica tiene la capacidad de empujar a la superficie la tristeza de los que se acercan y de hacerles ver lo lejos que están de sus anhelos. Parece haber venido expresamente a desmontar el escenario, disolver las máscaras y dejar ver todo lo que hay detrás, para desconcierto de los presentes.

Entonces el tanque da como un suspiro muy hondo, hay una cascada de arcoíris que atraviesa el cobre del agua, y la ve: es difícil distinguir la forma exacta, pero sin duda está allí. Parece un banco de peces diminutos cuando se propulsan todos al unísono en la corriente marina, y relucen como un solo cuerpo con cada movimiento: una masa enorme que se forma y se transforma y piensa en absoluta sincronización.

En definitiva, se trata de un libro muy evocador, de los que invitan a ejercicios de imaginación llenos de detalles y sensaciones y vuelven a nuestra mente, como las mareas, durante bastante tiempo después.

Te gustará si te gustó ‘La serpiente de Essex’ de Sarah Perry.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita

‘Hypokeimenon’ de Arturo Palenzuela Reyes

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 219

Editorial: Círculo Rojo

Álvaro, un adolescente cuyo sueño es ser dibujante de cómics, se enfrenta al amor, a sus complejos y a sus miedos a través del dibujo y la escritura. Hypokeimenon es un ejercicio de introspección, es aquello que Álvaro tiene en alguna parte de la cabeza, es el arte como medio de conocimiento de uno mismo, de interpretación de lo que le rodea, de expresión y de catarsis. Supone una profunda incursión estética y filosófica en dos de los momentos más traumáticos en la vida de un artista: el alumbramiento como acto creativo y el paso a la edad adulta.

Hay una infinidad de historias de paso a la edad adulta que se centran en los hechos (decisiones correctas, amoríos fracasados, amistades que se enfrían) y dejan de lado todo eso otro que va por dentro y que es tan difícil de desenmarañar. La óptica de Álvaro nos brinda una visión nueva sobre esa etapa por la que todos hemos pasado y que casi ninguno podemos poner en palabras. En él confluyen el sentimiento tan habitual de no pertenencia y una capacidad poco común para expresar todo lo que conlleva su búsqueda a través de la escritura y el dibujo.

Este libro es una erupción de emociones, pensamientos y desasosiegos que desembocan en no pocas conclusiones trascendentales. La certeza, que se instala muy poco a poco, de que es prácticamente imposible no estar a solas con nosotros mismos, por muchas personas que haya alrededor. El sentimiento de desorientación ante todos los aspectos nuevos de la vida que se abren ante nosotros y sobre los que tenemos poder de decisión (y por lo tanto, responsabilidad). Y la sorprendente comprensión de que, aunque pueda parecer lo contrario, nadie supera del todo esa sensación de deriva por muchos años que pasen.

Álvaro la observaba hipnotizado desde abajo sintiendo que había un abismo entre ellos dos, entre su mundo y el de ella, pero a la vez un fino hilo que, si se quebraba, podría hacer que todo se desmoronase; la iniciada le invitaba a participar, alcanzó a decirse Álvaro, pero no podía hacerlo, como un antropólogo que presencia un ritual ancestral de una cultura ajena a la suya, y permanece inmóvil, conteniendo por momentos la respiración, procurando hacer el menos ruido, temeroso de perturbar al chamán y echar a perder toda la ceremonia.

Hay un leitmotiv que nos lleva de la mano entre los episodios de la vida de Álvaro y la otra dimensión que existe en su interior y que se rige por unas leyes particulares. Se trata de ese ruido del que todos los creativos tienen más o menos llena la cabeza: los músicos en forma de notas y fraseos, los pintores en forma de líneas y texturas y los escritores en forma de frases y silencios. Para el protagonista, este ruido es a la vez una bendición y una maldición que le acompaña en sus momentos más negros y en los más luminosos.

Al final, lo más sensato es aprender a moverse entre las mareas de ese runrún, a echar las redes y recogerlas en el momento preciso, y darse permiso a uno mismo para vivir a pesar de los defectos, las dudas y todos los bultos de nuestro ser.

Arturo Palenzuela Reyes se ofrece voluntario para bajar a explorar algunos de los recovecos que pretendemos ignorar y nos sube un regalo en forma de libro. De los que escuecen pero limpian.

Mi versión de la portada: