‘Patria’ de Fernando Aramburu

Año de publicación: 2016

Nº de páginas: 646

Editorial: Tusquets

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.

Reconozco que la omnipresencia de esta novela me hizo ser escéptica durante un tiempo pero, cuando finalmente me decidí a darle una oportunidad, no me quedó más remedio que dar la razón a las listas de libros más leídos. Se trata de una narración amplia y a la vez muy íntima que nos sacude intensamente sin pedirnos permiso. Las diferentes voces que nos llevan a través de la historia construyen una visión bastante profunda de lo que ocurría en torno a ETA a nivel personal y familiar, tanto desde fuera como desde dentro de la organización, del lado de las víctimas y del lado de los terroristas.

La extensión reducida de los capítulos y los saltos temporales y de narrador contribuyen al ritmo de la lectura y a esa atmósfera envolvente que se instala con nosotros desde el principio. El uso del lenguaje coloquial como parte del discurso narrativo, así como la aparición esporádica de frases en primera persona en un mar de narración en tercera persona, coloca la historia rápidamente en un plano de realidad y emoción que casi podemos tocar.

No lo veo como un libro político ni tampoco creo que sea la novela definitiva sobre ETA de la que hablan algunos críticos. Para mí se trata más bien de una exploración psicológica cuyo principal foco es el perdón (su posibilidad o imposibilidad), junto con la evolución de la autopercepción después de una tragedia como la que viven los protagonistas. El acierto es, en mi opinión, hacerlo a través de un tema que aún a día de hoy es tan relevante. La carga emotiva de la narración no se apoya en el drama fácil ni emplea de manera directa la crueldad del asesinato para apelar a nuestros sentimientos. Lo verdaderamente importante es la sensación de desorientación y pérdida que inunda a todos los personajes a ambos lados del escenario.

A pesar de mi reticencia inicial, lo recomiendo muchísimo. Creo que es un ejemplo perfecto de libro en el que el autor consigue encapsular muchos grandes temas haciendo uso de momentos y situaciones pequeños.

Mi versión de la portada:

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‘Si una noche de invierno un viajero’ de Italo Calvino

Título original: Se una notte d’inverno un viaggiatore

Año de publicación: 1979

Nº de páginas: 267

Editorial: Siruela

«La empresa de tratar de escribir novelas “apócrifas”, que me imagino escritas por un autor que no soy yo y que no existe, la llevé a sus últimas consecuencias en este libro. Es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar. Tuve que escribir, pues, el inicio de diez novelas de autores imaginarios, todos en cierto modo distintos de mí y distintos entre sí: una novela toda sospechas y sensaciones confusas; una toda sensaciones corpóreas y sanguíneas; una introspectiva y simbólica; una revolucionaria existencial; una cínico-brutal; una de manías obsesivas; una lógica y geométrica; una erótico-perversa; una telúrico-primordial; una apocalíptica alegórica. Más que identificarme con el autor de cada una de las diez novelas, traté de identificarme con el lector…»

Es muy difícil empezar esta reseña de otra forma, aunque muchos otros lo hayan dicho ya: este libro es un auténtico homenaje a la lectura, la escritura y, sobre todo, a los lectores. En él se exploran todas las dimensiones y direcciones que caben en un libro a través del hecho más extraordinario: el escritor que repara en el Lector, que es el protagonista y que también somos cada uno de nosotros, mirándolo a través de las páginas, y lo saluda y lo invita al interior del proceso para ayudarlo a desenmarañar todos sus mecanismos.

Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte acoquinar, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir de Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son.

Como ya hiciera en ‘Las ciudades invisibles’, el autor construye un edificio complejo de numerosos pisos en el que se aloja la obra. En este caso, empleando los estilos arquitectónicos más diversos y forzando de manera poco sutil a que todos los inquilinos se crucen por las escaleras. El Lector acaba encontrándose con la Lectora, el escritor, el traductor, el editor, el estudioso de las lenguas muertas de Europa del Este y en definitiva, con todos los eslabones del camino hacia la novela imposible de encontrar. Los diferentes comienzos de libros dentro del libro actúan como una serie de relatos cortos en los que Calvino consigue hacernos creer que realmente leemos a diferentes autores.

¿Y si, al igual que yo la miro mientras lee, ella asestase un catalejo sobre mí mientras escribo? Me siento al escritorio de espaldas a la ventana y hete aquí que noto un ojo detrás de mí que aspira el flujo de las frases, guía el relato en direcciones que se me escapan. Los lectores son mis vampiros. Siento una multitud de lectores que asoman la mirada por encima de mis hombros y se apropian de las palabras a medida que se depositan sobre el folio. No soy capaz de escribir si hay alguien que me mira: siento que lo que escribo no me pertenece.

Mis pasajes favoritos son sin duda todos aquellos en los que se hace alusión a las experiencias que forman parte de la lectura y que derivan de ella: las distintas maneras de leer o de considerar un libro, de valorarlo, recordarlo o desecharlo, la idea que el lector construye en su cabeza acerca del escritor, los diferentes espacios y actitudes en las que el lector se sumerge en las páginas de un nuevo título… Y el efecto que todo esto tiene sobre nosotros. Para el lector habitual, es fácil verse reflejado en estas páginas a un nivel tan íntimo como íntimo es el acto de leer.

La fascinación novelesca que se da en estado puro en las primeras frases del primer capítulo de muchísimas novelas no tarda en perderse al continuar la narración: es la promesa de un tiempo de lectura que se extiende ante nosotros y que puede acoger a todos los desarrollos posibles. Quisiera escribir un libro que fuese sólo un incipit, que mantuviese en toda su duración la potencialidad del inicio, la espera aún sin objeto. Pero ¿cómo podría estar construido, semejante libro? ¿Se interrumpiría después del primer párrafo? ¿Prolongaría indefinidamente los preliminares? ¿Ensamblaría con otro, como Las mil y una noches?

Mi versión de la portada:

‘Pequeños fuegos por todas partes’ de Celeste Ng

Título original: Little Fires Everywhere

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 352

Editorial: Alba

En Shaker Heights, una tranquila y próspera zona residencial de Cleveland, todo está planeado, desde el trazado de las carreteras, hasta el color de las casas, incluso el éxito de la vida futura de sus vecinos. Nadie encarna mejor este espíritu que Elena Richardson, cuya vida se rige por un principio fundamental: jugar siempre dentro de las reglas sociales. Cuando Mia Warren –una artista enigmática con un pasado misterioso– llega a esta idílica burbuja con Pearl, su hija adolescente, empieza la historia que las colocará a ambas en dos extremos dramáticamente opuestos.

La lectura de este libro me ha recordado inevitablemente a ‘Las vírgenes suicidas’ de Jeffrey Eugenides. Si bien las diferencias son muchas, la extraña atmósfera melancólica en la que, de vez en cuando, resalta una nota disonante es muy similar. Se trata de una novela de personajes en la que todos tienen algo que aportar, tanto a nivel individual como colectivo; la sociedad de Shaker Heights en conjunto (y su doble moral) acaba convirtiéndose en uno de los actores principales.

Es verdad que el retrato de algunos de los personajes puede parecer un tanto superficial, definidos por un par de rasgos principales y motivados por una sola meta. Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre si este hecho puede deberse a la visión de las cosas de la propia Elena Richardson, quien, a pesar de no ser la narradora de esta historia, parece derramar su filtro sobre todos los demás. Hacia el final del libro, vemos como sus convicciones empiezan poco a poco a resquebrajarse.

Él era un muchacho apuesto y alegre, pero nunca pasaba de la superficie de las cosas, y la señora Richardson no tenía la menor idea de lo que le podía haber gustado de Pearl. ¿Sería Trip más complejo de lo que parecía? No paró de preguntárselo en todo el trayecto hasta la redacción.

En contraposición a esta visión encauzada tenemos la mirada de Mia que, inevitablemente, actúa como una herramienta afilada que viene a dejar al descubierto lo que ocurre tras las cortinas, dentro de las papeleras y a la hora a la que todos están fuera. Juntas, Mia y Pearl entran en la vida de los Richardson como un soplo de aire fresco peligrosamente cerca de un gran castillo de naipes.

La relación entre Mia y la señora Richardson y las impresiones que cada una de ellas tiene de la otra son, sin duda, el pilar fundamental de esta historia. Para Mia, Elena representa mucho de lo que dejó atrás y nunca quiso. Para Elena, Mia es un recordatorio incómodo de una chispa que albergaba en su interior y que acabó apagando voluntariamente a favor de una vida ordenada. La presencia de la inquilina pasa de ser una oportunidad para reafirmarse en sus decisiones a un recordatorio incómodo disfrazado de indignación.

En la foto, los fragmentos de barrote se curvaban hacia fuera con elegancia, como pétalos de crisantemo, y en el centro de la jaula había una pequeña pluma dorada. Un ser se había liberado, había salido volando. A Mia, cuando enmarcaba la foto, no se le había ocurrido nada mejor que desearle eso a la señora Richardson.

El fuego que prende Izzy, que sirve como punto de partida y cierre de la novela, actúa como evidencia de lo que cada vez es más obvio: ya antes de su arrebato existían pequeños fuegos por todas partes, consumiendo el oxígeno poco a poco y a un solo paso de arrasar con todo.

No es un libro perfecto pero, en mi opinión, está cerca en algunos sentidos. Tiene la profundidad y la longitud adecuadas para plantear todos los temas y dejar espacio al lector para que haga con ellos lo que quiera. La idea, por simple que parezca, de que la vida no puede ser una línea recta por más que nos empeñemos, adquiere en esta historia un nuevo volumen que puede ser admirado desde diferentes perspectivas. Recomendadísima.

Mi versión de la portada: