‘Pequeños fuegos por todas partes’ de Celeste Ng

Título original: Little Fires Everywhere

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 352

Editorial: Alba

En Shaker Heights, una tranquila y próspera zona residencial de Cleveland, todo está planeado, desde el trazado de las carreteras, hasta el color de las casas, incluso el éxito de la vida futura de sus vecinos. Nadie encarna mejor este espíritu que Elena Richardson, cuya vida se rige por un principio fundamental: jugar siempre dentro de las reglas sociales. Cuando Mia Warren –una artista enigmática con un pasado misterioso– llega a esta idílica burbuja con Pearl, su hija adolescente, empieza la historia que las colocará a ambas en dos extremos dramáticamente opuestos.

La lectura de este libro me ha recordado inevitablemente a ‘Las vírgenes suicidas’ de Jeffrey Eugenides. Si bien las diferencias son muchas, la extraña atmósfera melancólica en la que, de vez en cuando, resalta una nota disonante es muy similar. Se trata de una novela de personajes en la que todos tienen algo que aportar, tanto a nivel individual como colectivo; la sociedad de Shaker Heights en conjunto (y su doble moral) acaba convirtiéndose en uno de los actores principales.

Es verdad que el retrato de algunos de los personajes puede parecer un tanto superficial, definidos por un par de rasgos principales y motivados por una sola meta. Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre si este hecho puede deberse a la visión de las cosas de la propia Elena Richardson, quien, a pesar de no ser la narradora de esta historia, parece derramar su filtro sobre todos los demás. Hacia el final del libro, vemos como sus convicciones empiezan poco a poco a resquebrajarse.

Él era un muchacho apuesto y alegre, pero nunca pasaba de la superficie de las cosas, y la señora Richardson no tenía la menor idea de lo que le podía haber gustado de Pearl. ¿Sería Trip más complejo de lo que parecía? No paró de preguntárselo en todo el trayecto hasta la redacción.

En contraposición a esta visión encauzada tenemos la mirada de Mia que, inevitablemente, actúa como una herramienta afilada que viene a dejar al descubierto lo que ocurre tras las cortinas, dentro de las papeleras y a la hora a la que todos están fuera. Juntas, Mia y Pearl entran en la vida de los Richardson como un soplo de aire fresco peligrosamente cerca de un gran castillo de naipes.

La relación entre Mia y la señora Richardson y las impresiones que cada una de ellas tiene de la otra son, sin duda, el pilar fundamental de esta historia. Para Mia, Elena representa mucho de lo que dejó atrás y nunca quiso. Para Elena, Mia es un recordatorio incómodo de una chispa que albergaba en su interior y que acabó apagando voluntariamente a favor de una vida ordenada. La presencia de la inquilina pasa de ser una oportunidad para reafirmarse en sus decisiones a un recordatorio incómodo disfrazado de indignación.

En la foto, los fragmentos de barrote se curvaban hacia fuera con elegancia, como pétalos de crisantemo, y en el centro de la jaula había una pequeña pluma dorada. Un ser se había liberado, había salido volando. A Mia, cuando enmarcaba la foto, no se le había ocurrido nada mejor que desearle eso a la señora Richardson.

El fuego que prende Izzy, que sirve como punto de partida y cierre de la novela, actúa como evidencia de lo que cada vez es más obvio: ya antes de su arrebato existían pequeños fuegos por todas partes, consumiendo el oxígeno poco a poco y a un solo paso de arrasar con todo.

No es un libro perfecto pero, en mi opinión, está cerca en algunos sentidos. Tiene la profundidad y la longitud adecuadas para plantear todos los temas y dejar espacio al lector para que haga con ellos lo que quiera. La idea, por simple que parezca, de que la vida no puede ser una línea recta por más que nos empeñemos, adquiere en esta historia un nuevo volumen que puede ser admirado desde diferentes perspectivas. Recomendadísima.

Mi versión de la portada:

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‘La serpiente de Essex’ de Sarah Perry

Título original: The Essex Serpent

Año de publicación: 2016

Nº de páginas: 408

Editorial: Siruela

Diseño de portada: Peter Dyer

Ambientada en Londres y en un pueblo de Essex en la década de 1890 e inspirada por los debates de los descubrimientos médicos y científicos de la época, La serpiente de Essex es en esencia la historia de dos personas extraordinarias que se enamoran de una forma poco corriente.
Cuando el marido de Cora Seaborne fallece, esta comienza su nueva vida con tanta tristeza como alivio: su matrimonio no era feliz y nunca encajó en el papel de esposa perfecta. Acompañada por su hijo Francis, deja Londres y se traslada a Essex, donde espera que los espacios abiertos les proporcionen el refugio que necesitan. Allí escuchan rumores de más allá del estuario que aseguran que la mítica serpiente de Essex, que según dicen vagaba en el pasado por los pantanos reclamando vidas humanas, ha vuelto a la parroquia costera de Aldwinter. Cora, una naturalista aficionada, está segura de que la bestia puede ser una especie desconocida.
En sus pesquisas se topa con William Ransome, el vicario local. Will contempla la inquietud de sus parroquianos desde un punto de vista moral, como una desviación de la fe verdadera. Y aunque Cora y Will no están de acuerdo en nada, según pasa el tiempo ambos se ven inexorablemente empujados el uno hacia el otro.

La lectura de este libro es como un paseo de domingo por el campo, o más bien sucesivos paseos a lo largo y ancho de un año. La resumiría como una experiencia sin demasiados sobresaltos ni revelaciones trascendentales pero que resulta agradable en el plano del detalle. La autora conduce la narración de manera sosegada: entre suceso y suceso hay tiempo de sobra para descripciones cuidadas de la luz y los sonidos que rodean a los personajes.

Se guarecían entre los restos de un clíper que había embarrancado allí hacía una década, y allí lo habían reducido a cuatro palos negros clavados en la arena que parecían el costillar de algún mastodonte ahogado, y los turistas lo llamaban Leviatán. No quedaba muy lejos del pueblo, y a los niños les dejaban llegarse hasta sus proximidades para jugar. Nadie los regañaba allí, porque nadie los veía. Colgaban en verano la ropa de aquellos palos; y en invierno, hacían hogueras pequeñitas a su abrigo, temerosos siempre de que se prendiera fuero el casco, y un poco tristes, también, porque eso no pasaba nunca.

Los protagonistas son bastante complejos dentro de la restricción derivada de la considerable cantidad de ellos y de la extensión del libro. Cada uno sufre su propio desarrollo, muy distinto del de los demás, del que somos testigos a través de sus cartas y las diferentes voces que aportan a la narración. Uno de los temas más presentes y que ocupa gran parte del espacio de la historia es, sin duda, el choque entre ciencia y religión, entre superstición y evidencia, que encuentra en Aldwinter el campo de pruebas perfecto. Ligado a ello también chocamos con la idea tradicional del amor en contraposición a otra que no es necesariamente más nueva: aquella que defiende que este puede llegar en muchos formatos diferentes.

El estilo se aleja en gran medida de muchos estereotipos presentes en la mayoría de las novelas ambientadas en la época victoriana que he leído hasta ahora. La atmósfera familiar y hogareña es en muchos casos bastante más distendida de lo que estamos habituados a ver en este tipo de literatura. Cora Seaborne, con su costumbre de vestir como un hombre, los momentos en que rechaza su propia femineidad y la felicidad limpia y transparente que la inunda tras la muerte de su marido, se erige como una figura bastante peculiar en su época, insinuando una nueva visión del género y sus roles.

La estructura de la historia, marcada por el paso de las estaciones, me pareció un gran acierto muy en línea con ese cuidado puesto en la ambientación. El mismo Aldwinter evoluciona a la par que los personajes, subrayando sus acciones y reflejando a menudo su paisaje interior.

El que se acerque a este libro buscando misterio y acción (la sinopsis puede llevar a equívoco) se llevará un gran chasco. Es una historia para disfrutar sin prisas y que plantea más preguntas que respuestas ofrece.

Mi versión de la portada:

‘Los restos del día’ de Kazuo Ishiguro

Título original: The Remains of the Day

Año de publicación: 1989

Nº de páginas: 252

Editorial: Anagrama

Inglaterra, julio de 1956. Stevens, el narrador, durante treinta años ha sido mayordomo de Darlington Hall. Lord Darlington murió hace tres años, y la propiedad pertenece ahora a un norteamericano. El mayordomo, por primera vez en su vida, hará un viaje. Su nuevo patrón regresará por unas semanas a su país, y le ha ofrecido al mayordomo su coche que fuera de Lord Darlington para que disfrute de unas vacaciones. Y Stevens, en el antiguo, lento y señorial auto de sus patrones, cruzará durante días Inglaterra rumbo a Weymouth, donde vive la señora Benn, antigua ama de llaves de Darlington Hall. Y jornada a jornada, Ishiguro desplegará ante el lector una novela perfecta de luces y claroscuros, de máscaras que apenas se deslizan para desvelar una realidad mucho más amarga que los amables paisajes que el mayordomo deja atrás. 

El Premio Nobel de Literatura recientemente otorgado a Ishiguro hacía necesaria la lectura de este libro que llevaba tiempo aplazando. Ya había disfrutado enormemente de ‘Nunca me abandones’ y ‘Nocturnos: Cinco historias de música y crepúsculo’, pero esta novela es, sin duda alguna, una de las historias más redondas que he leído hasta ahora. Lo que en superficie parece la crónica de un mayordomo inglés sobre el trabajo que ha desempeñado a lo largo de los años en la casa de su patrón y sus consideraciones sobre la profesión, acaba convirtiéndose en el retrato pormenorizado de una vida que se lee entre cada una de las líneas pero rara vez en la narración en sí. La historia se muestra a sí misma como algo encauzado y tranquilo pero esconde un torrente de emociones cuyo clamor se oye por encima de las apariencias. Mister Stevens ha entregado su vida a una causa que ha resultado no ser tan digna como prometía y, ahora que ha tenido el valor de analizar el conjunto, ya no hay mucho que pueda hacer para arreglarlo.

La maestría con que Ishiguro conduce la narración y nos desvela todo sin contarnos nada es casi enigmática. A veces solo basta un tiempo verbal en el lugar más oportuno para mostrarnos los anhelos y los temores más profundos de nuestro narrador (“Como he dicho, con la vuelta de miss Kenton todos estos problemas quedarán resueltos”). El hecho de que mister Stevens se dirija a nosotros en plural también tiene un peso importante que cobra más y más sentido conforme avanza la narración, reflejando quizás su necesidad de justificarse.

Para nuestro narrador, todos los aspectos de su día a día se cimentan en su deseo de desarrollar su profesión de la manera más impoluta. La lectura de una novela romántica, las reuniones diarias con miss Kenton o la distancia en la relación con su padre: todo ello contribuye al buen funcionamiento de la casa, que es su fin último. El concepto de dignidad, entendida como su habilidad para no dejar caer su máscara, ni cuando alguien ajeno a ella se aferra a los bordes y tira con todas sus fuerzas, marcará todos y cada uno de los acontecimientos de su vida.

Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas sus consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean. Lucirán su profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo sólo cuando ellos así lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Como digo, es una cuestión de “dignidad”.

A veces se dice que, en realidad, sólo existen mayordomos en Inglaterra. En otros países no hay más que criados, sea cual sea el título que les pongan. Cada vez más, me inclino a pensar que es cierto. En el continente no puede haber mayordomos porque son una raza incapaz de reprimir sus emociones del modo que es propio del pueblo inglés.

A pesar de esta aparente rigidez, cada vez se hace más patente que nuestro narrador se siente incómodo con ciertas situaciones del pasado: las decisiones de su patrón y su propia pasividad ante los hechos pesan más de lo que le gusta reconocer. Un ejemplo perfecto (y también uno de los pasajes más conmovedores, en mi opinión) es aquel en que, tras verse incluido en una reunión vecinal en el pueblo de Moscombe, compara el discurso de uno de los vecinos, a favor de que el pueblo tenga voz y voto en la política del país, con una situación bastante molesta vivida en casa de su patrón, en la que se ve importunado por unos invitados que defienden la postura contraria.

La única ocasión en la que nuestro narrador pierde realmente su “dignidad” tiene lugar al final del libro, frente a la puesta de sol y tras haberse despedido de miss Kenton, tal vez para siempre, cuando se permite las reflexiones más sinceras delante de un desconocido. A pesar de esta desnudez repentina, el peso de los años le lleva finalmente a volver a su yo de siempre y redoblar, más si cabe, sus esfuerzos por llegar a ser un gran mayordomo.

Se trata de un libro tan breve como intenso, perfecto en su ritmo y estructura, que sabe introducir un paisaje emocional muy complejo de la manera más sutil.  Sin duda, de los que se presta a relectura y mejora con los años.

Mi versión de la portada: