‘Malaherba’ de Manuel Jabois

Año de publicación: 2019

Nº de páginas: 192

Editorial: Alfaguara

Un día Mr Tamburino, Tambu, un niño de diez años, se encuentra a su padre tirado en la habitación y conoce a Elvis, un nuevo compañero de su clase. Descubrirá por primera vez el amor y la muerte, pero no de la forma que él cree. Y los dos, Tambu y Elvis, vivirán juntos los últimos días de la niñez, esos en los que aún pasan cosas que no se pueden explicar y sentimientos a los que todavía no se sabe poner nombre.
Esta es una historia de dos niños que viven una extraña y solitaria historia de amor. Un libro sobre las cosas terribles que se hacen con cariño, escrito con humor y una prosa rápida que avanza llevando a Tambu y su hermana Rebe, a Claudia y su hermano Elvis, a la frontera de un mundo nuevo.

Si tuviera que resumir este libro en una única idea, creo que escogería la inocencia. Pero no una inocencia ingenua y carente de sombras, como a menudo pintamos este concepto, sino una visión transparente de la vida en la que lo más luminoso se mezcla con lo puntiagudo, lo sucio y lo feroz.

La dulzura, no exenta de pequeñas puñaladas aquí y allá, con la que Tambu nos presenta su versión del mundo ha actuado, en mi caso, como un imán que me ha mantenido pegada a esta historia desde la primera página a la última. La profundidad que adquieren a veces sus reflexiones, casi como acertando por casualidad, no hace sino afianzar la sensación de familiaridad. Leer este libro es como descubrir por primera vez un montón de ideas que nos pasaron por la mente cuando teníamos 10 años.

Elvis vino con un Bollycao para mí, pero mi madre se lo sacó porque le empezaba a obsesionar que me pusiese más gordo. Porque resulta que estaba gordo, o eso le oí decir a su amiga Pili en la cocina, fumando las dos como chimeneas. Yo me enteraba más o menos de mi vida pegándome a la pared del pasillo para escuchar a mi madre en la cocina. Era como si el telediario hablase de mí.

Con Tambu todo tiene dos caras. A veces creemos entrever un hogar roto, una vida complicada y una carga más grande de lo que corresponde a un niño de su edad; pero a la vez él mismo, sin buscarlo, nos convence a ratos de que todo va bien, de que ha sido siempre así, una carrera de obstáculos por lugares conocidos, y de que su hermana Rebe nunca se apartará de su lado. La claridad y la limpieza de su amistad y su amor por Elvis, desde el momento en que se cruzan por primera vez, fluyen a través de la historia como un río seguro de su camino, sin excusas ni justificaciones.

No sé si me reprochaba algo o me pedía perdón, pero en la cara de ese niño estaba la oportunidad de haberse hecho mayor y de que yo también lo fuese, aunque ya lo éramos todos. Ya no había más remedio que serlo porque a los niños como yo nos obligan a serlo muy rápido, y todo lo que podemos hacer es disimularlo el tiempo que podamos hasta que nos enamoremos o matemos a alguien, o hagamos las dos cosas a la vez.

Inevitablemente, esta lectura hace aflorar el recuerdo de nuestra propia inocencia durante la niñez, de cuánto fingíamos saber sin tener ni idea y de los momentos en los que nos lo confesábamos, a solas o ante un amigo escogido. La idea a la que aferrarse después de este libro es la de que un niño siempre es un niño y no deberíamos olvidarlo, teniendo que pasar a veces por encima de las apariencias y la sombra alargada que sobre ellos proyectan los adultos. El resto es disfrutar de la voz de Tambu y guardar como algo muy valioso lo que ya no volverá.

Yo no lo sabía, pero bien es verdad que tampoco sabía casi nada del abuelo, sólo que había emigrado a América cuando tenía quince años. […] aunque yo leía todos los cómics del mundo, nunca había leído el cómic en que me dijese adónde se fue Batman cuando dejó de saltar y de correr, cuando se hizo tan viejo que abandonó todo, hasta el dinero que hizo, para dejar de ser Bruce Wayne y volver a ser Matías Santa. Pasé varios meses convencido de que mi abuelo era Batman, y aunque me quemaba no poder decírselo a nadie, tampoco tenía a mucha gente a quien contárselo.

Mi versión de la portada:

‘Un mal nombre’, ‘Las deudas del cuerpo’ y ‘La niña perdida’ de Elena Ferrante

 

Título original: Storia del nuovo cognome; Storia di chi fugge e di chi resta; Storia della bambina perduta

Año de publicación: 2012; 2013; 2014

Nº de páginas: 560; 480; 544

Editorial: Lumen

 

Después de la lectura de la primera entrega de esta serie, que ya me pareció una delicia, he devorado el resto de los libros de un solo bocado que me ha sabido a gloria. Hacía tiempo que no me veía tan inmersa, tan identificada y tan no pudiendo parar en una historia tan extensa.

Los personajes que ya calaron en la primera parte, se desarrollan a lo largo de estos tres libros hasta el punto de hacernos olvidar que son una ficción, de preguntarnos cómo afrontarán el futuro o en qué nuevas ideas encontrarán consuelo. No hablo solo de las dos protagonistas, sino de todos aquellos que las acompañan a lo largo de los años.

La narración de Lenù es tan sincera y abierta, que no podemos evitar vernos reflejados en infinidad de emociones y apreciaciones sobre lo que ocurre dentro y fuera, en ella misma y en los que la rodean. El amor y el fin del mismo, la vanidad, la envidia, el deseo inconfesable de relegar la maternidad a un segundo plano o el reconocimiento de los rasgos maternos en los propios, son solo algunos de los temas que se tratan sin filtros y que dotan a la historia de una realidad feroz. Y por encima de todo, la amistad femenina en todas sus vertientes, que encuentra en estos libros un retrato definitivo, muy distinto a los pálidos intentos a los que estamos acostumbrados.

En este punto de la vida en que me encuentro, desde el que mirando a lo lejos solo veo formas indefinidas entre una niebla espesa, creo que este relato engloba con tal precisión la experiencia de estar vivo que es prácticamente como vivir otra vida entera.

La conexión que se establece entre el principio y el final en las últimas páginas me parece el broche más perfecto a una historia que nunca terminará. Ha sido una experiencia cálida, amarga, reconfortante e inolvidable. Si aún no habéis los libros que componen la serie ‘Dos amigas’, leedlos, porque son una joya y un bálsamo.

Mi versión de la portada para la serie completa:

‘La amiga estupenda’ de Elena Ferrante

Título original: L’amica geniale

Año de publicación: 2011

Nº de páginas: 386

Editorial: Lumen

Con La amiga estupenda, Elena Ferrante inaugura una tetralogía deslumbrante que tiene como telón de fondo la ciudad de Nápoles a mediados del siglo pasado y como protagonistas a Lenù y Lila, dos jóvenes mujeres que están aprendiendo a gobernar su vida en un entorno donde la astucia, antes que la inteligencia, es el ingrediente de todas las salsas. La relación a menudo tempestuosa entre Lila y Lenù tiene a su alrededor un coro de voces que dan cuerpo a su historia y nos muestran la realidad de un barrio pobre, habitado por gente humilde que acata sin más la ley del más fuerte, pero La amiga estupenda es mucho más que un trabajo de realismo social: lo que aquí tenemos son unos personajes de carne y hueso, que intrigan al lector y nos deslumbran por la fuerza y la urgencia de sus emociones.

Este libro lo he devorado de principio a fin sin pararme a respirar. Ha sido una experiencia enigmática a la vez que cercana que he disfrutado al máximo. La magia viene de dos personajes que se desarrollan ante nuestros ojos desde los cimientos más profundos hasta la torre más alta. Se trata de un retrato emocional de la infancia y la adolescencia con todos sus miedos, sus ilusiones, sus ambiciones y sus desengaños.

La amistad de Lila y Lenù es como un mar traicionero: aparentemente en calma pero en realidad bajo una tormenta siempre a punto de estallar. Es un continuo acercamiento y distanciamiento, un amor y un pequeño odio que nos lleva a la conclusión de que la amiga estupenda son las dos. La belleza de esta relación nos llega a través de imágenes tan maravillosas como la de ambas subiendo a casa de don Achille a exigir la devolución de sus muñecas, a pesar del miedo atroz que les provoca; o la de su expedición fuera del barrio, más allá de lo conocido, en busca de la apoteosis de lo desconocido: el mar.

Cuando se lleva poco tiempo en este mundo resulta difícil comprender cuáles son los desastres que dan origen a nuestro sentimiento del desastre, o tal vez no se siente la necesidad de comprenderlo. A la espera del mañana, los mayores se mueven en un presente detrás del que están el ayer y el anteayer o, como mucho, la semana pasada; no quieren pensar en el resto. Los pequeños desconocen el significado de ayer, del anteayer, del mañana, todo se reduce a esto, al ahora: la calle es esta, el portón es este, las escaleras son estas, esta es mamá, este es papá, este es el día, esta es la noche. Yo esta pequeña y, a fin de cuentas, mi muñeca sabía más que yo. Le hablaba, me hablaba. Tenía cara de celuloide con cabello de celuloide y ojos de celuloide. Llevaba un vestidito azul que le había cosido mi madre en un raro momento feliz, y estaba preciosa.

El escenario que enmarca esta relación es sucio, violento, pobre. La autora (o autor) nos hace sentir de manera tangencial el asombro de ver crecer a estas dos perlas en medio de un pantano de aspiraciones rotas y el miedo a que finalmente se rompan, se ensucien y pierdan su brillo. El estilo es simple y cristalino, casi afilado.

Nadie lo comentó, pero entendimos que Rino y Pasquale, mayores que nosotras, en aquellas calles solo encontraban la confirmación de cosas que ya sabían, y eso los ponía de malhumor, los enfurecía, los volvía torvos, porque tenían la certeza de estar fuera de lugar, mientras que nosotras, las chicas, lo descubríamos en ese momento y con sentimientos ambiguos. Nos sentimos incómodas y embelesadas, feas pero al mismo tiempo dispuestas a imaginarnos cómo seríamos si hubiésemos encontrado el modo de reeducarnos, vestirnos, maquillarnos y emperifollarnos como era debido.

Esa extraña familiaridad de la que hablaba antes parece surgir de la proximidad cultural entre España e Italia: lo suficientemente similares como para despertar una sensación de reconocimiento, y lo suficientemente alejadas como para dar cabida a la sorpresa. Esa distancia palpable, junto con la visión infantil, aporta un toque irreal, casi fantástico, a toda la narración.

Si bien el final nos deja con ganas de más, creo que podría funcionar perfectamente como un libro autoconclusivo, de esos que terminan con un gran estruendo que deja eco. Aún así, estoy deseando seguir con la segunda parte y ver si está a la altura de este maravilloso comienzo.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita