‘Lincoln en el Bardo’ de George Saunders

Título original: Lincoln in the Bardo

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 440

Editorial: Seix Barral

Febrero de 1862. En medio de la sangrienta guerra civil que divide al país en dos, el hijo de doce años del presidente Lincoln está gravemente enfermo. En cuestión de pocos días, el pequeño Willie muere y su cuerpo es trasladado hasta un cementerio en Georgetown. Los periódicos de la época recogen a un Lincoln deshecho por la pena que visita la tumba en varias ocasiones para guardar el cuerpo de su hijo.
A partir de este hecho histórico, Saunders despliega una historia inolvidable sobre el amor y la pérdida que se adentra en el territorio de lo sobrenatural, allí donde tiene cabida desde lo terrorífico hasta lo hilarante. Willie Lincoln se halla en un estado intermedio entre la vida y la muerte, el llamado Bardo según la tradición tibetana. En este limbo, donde los fantasmas se reúnen para compadecerse y reírse de lo que dejaron atrás, una lucha de dimensiones titánicas surge de lo más profundo del alma del pequeño Willie. 

En este libro he encontrado una de las estructuras y perspectivas más particulares que he leído últimamente. La premisa que nos plantea el autor se va desvelando desde las primeras páginas a través de un equilibro perfecto entre la normalidad y lo inaudito.

Gracias a las diferentes voces que componen la narración, pronto somos conscientes de la poca fiabilidad de los testimonios recogidos y de las muchas dimensiones que adquieren la vida, la muerte y todo lo que hay en medio para las distintas personas que aportan su visión, tanto en el plano de los vivos, como en el de esos otros que no tienen muy claro dónde se encuentran.

Pasó media hora más y el señor Lincoln aún no había aparecido. Si yo estuviera en su pellejo, pensé, tal vez continuaría cabalgando y ya no volvería atrás nunca, hasta encontrarme de regreso en el Oeste y llevando una vida menos importante y problemática. Después de que dieran las tres, empecé a pensar que tal vez fuera eso lo que él había hecho.

Poco a poco vamos averiguando el motivo por el cual cada uno de los habitantes del cementerio aún no ha querido o no ha sabido cómo seguir adelante y este es, en mi opinión, el eje principal del libro y el elemento que aporta más color. De un modo u otro, todos se aferran a “lo de antes” con uñas y dientes hasta que la evidencia los arrolla de lleno. A mi modo de ver, el papel que juega el hijo de Lincoln en esta transformación es quizás el hilo menos consistente, si es que se puede hablar de consistencia en el bardo/limbo. Las reflexiones del propio Abraham Lincoln acerca del dolor por la muerte de su hijo y por esas otras miles de muertes que sus propias decisiones están desencadenando tienen mucho más peso.

¿Cómo podría haber hecho otra cosa, si el tiempo solamente fluye en una dirección y yo había nacido como había nacido, con mi mal genio y mis ideas sobre la virilidad y el honor, con mi historial de que mis tres hermanos mayores casi me mataran a palizas de niño, con aquel rifle que se vería tan hermoso en mis manos y unos enemigo que parecían tan odiosos?

El planteamiento extraordinario de esta historia nos brinda la posibilidad de experimentar situaciones igualmente extraordinarias, como la capacidad de habitar el mismo espacio que otro cuerpo y escuchar, ver y sentir los pensamientos de la otra persona. Un acto íntimo, mágico y violento a partes iguales que es a su vez la herramienta perfecta para integrar en la narración el testimonio de los vivos.

Luego se puso de pie y se dirigió rápidamente hacia la puerta. […] Y se movió tan deprisa que nos atravesó antes de que pudiéramos apartarnos. […] Y volvimos a conocerlo fugazmente.

Esta lectura ha sido una grata sorpresa y, si bien no creo que sea un libro perfecto, merece mucho la pena darle una oportunidad y explorar esta idea tan fuera de lo común.

Mi versión de la portada:

Lecturas de mayo y junio

Durante los meses de mayo y junio he terminado de leer:

‘Malaherba’ de Manuel Jabois

‘La Resistencia. Memorias de Idhún’ de Laura Gallego

‘El reloj de sol’ de Shirley Jackson

‘La niña perdida’ de Elena Ferrante

‘Las deudas del cuerpo’ de Elena Ferrante

‘Sostiene Pereira’ de Antonio Tabucchi

‘2001: Una odisea espacial’ de Arthur C. Clarke

‘Los inmortales’ de Chloe Benjamin

 

 

Actualmente estoy leyendo:

‘La arboleda perdida’ de Rafael Alberti

‘El mar’ de John Banville

 

 

‘Malaherba’ de Manuel Jabois

Año de publicación: 2019

Nº de páginas: 192

Editorial: Alfaguara

Un día Mr Tamburino, Tambu, un niño de diez años, se encuentra a su padre tirado en la habitación y conoce a Elvis, un nuevo compañero de su clase. Descubrirá por primera vez el amor y la muerte, pero no de la forma que él cree. Y los dos, Tambu y Elvis, vivirán juntos los últimos días de la niñez, esos en los que aún pasan cosas que no se pueden explicar y sentimientos a los que todavía no se sabe poner nombre.
Esta es una historia de dos niños que viven una extraña y solitaria historia de amor. Un libro sobre las cosas terribles que se hacen con cariño, escrito con humor y una prosa rápida que avanza llevando a Tambu y su hermana Rebe, a Claudia y su hermano Elvis, a la frontera de un mundo nuevo.

Si tuviera que resumir este libro en una única idea, creo que escogería la inocencia. Pero no una inocencia ingenua y carente de sombras, como a menudo pintamos este concepto, sino una visión transparente de la vida en la que lo más luminoso se mezcla con lo puntiagudo, lo sucio y lo feroz.

La dulzura, no exenta de pequeñas puñaladas aquí y allá, con la que Tambu nos presenta su versión del mundo ha actuado, en mi caso, como un imán que me ha mantenido pegada a esta historia desde la primera página a la última. La profundidad que adquieren a veces sus reflexiones, casi como acertando por casualidad, no hace sino afianzar la sensación de familiaridad. Leer este libro es como descubrir por primera vez un montón de ideas que nos pasaron por la mente cuando teníamos 10 años.

Elvis vino con un Bollycao para mí, pero mi madre se lo sacó porque le empezaba a obsesionar que me pusiese más gordo. Porque resulta que estaba gordo, o eso le oí decir a su amiga Pili en la cocina, fumando las dos como chimeneas. Yo me enteraba más o menos de mi vida pegándome a la pared del pasillo para escuchar a mi madre en la cocina. Era como si el telediario hablase de mí.

Con Tambu todo tiene dos caras. A veces creemos entrever un hogar roto, una vida complicada y una carga más grande de lo que corresponde a un niño de su edad; pero a la vez él mismo, sin buscarlo, nos convence a ratos de que todo va bien, de que ha sido siempre así, una carrera de obstáculos por lugares conocidos, y de que su hermana Rebe nunca se apartará de su lado. La claridad y la limpieza de su amistad y su amor por Elvis, desde el momento en que se cruzan por primera vez, fluyen a través de la historia como un río seguro de su camino, sin excusas ni justificaciones.

No sé si me reprochaba algo o me pedía perdón, pero en la cara de ese niño estaba la oportunidad de haberse hecho mayor y de que yo también lo fuese, aunque ya lo éramos todos. Ya no había más remedio que serlo porque a los niños como yo nos obligan a serlo muy rápido, y todo lo que podemos hacer es disimularlo el tiempo que podamos hasta que nos enamoremos o matemos a alguien, o hagamos las dos cosas a la vez.

Inevitablemente, esta lectura hace aflorar el recuerdo de nuestra propia inocencia durante la niñez, de cuánto fingíamos saber sin tener ni idea y de los momentos en los que nos lo confesábamos, a solas o ante un amigo escogido. La idea a la que aferrarse después de este libro es la de que un niño siempre es un niño y no deberíamos olvidarlo, teniendo que pasar a veces por encima de las apariencias y la sombra alargada que sobre ellos proyectan los adultos. El resto es disfrutar de la voz de Tambu y guardar como algo muy valioso lo que ya no volverá.

Yo no lo sabía, pero bien es verdad que tampoco sabía casi nada del abuelo, sólo que había emigrado a América cuando tenía quince años. […] aunque yo leía todos los cómics del mundo, nunca había leído el cómic en que me dijese adónde se fue Batman cuando dejó de saltar y de correr, cuando se hizo tan viejo que abandonó todo, hasta el dinero que hizo, para dejar de ser Bruce Wayne y volver a ser Matías Santa. Pasé varios meses convencido de que mi abuelo era Batman, y aunque me quemaba no poder decírselo a nadie, tampoco tenía a mucha gente a quien contárselo.

Mi versión de la portada: