‘La extraordinaria historia de Ava Lavender’ de Leslye Walton

Título original: The Strange and Beautiful Sorrows of Ava Lavender

Año de publicación: 2014

Nº de páginas: 318

Editorial: Círculo de Lectores

Para mi madre, yo lo era todo. Para mi padre, absolutamente nada. Para mi abuela, un recordatorio diario de amores perdidos hacía mucho tiempo. Pero yo sabía la verdad; en el fondo, siempre la supe.» Ava, pese a sus dudas, ya comprende ciertas ironías de la vida. Como por ejemplo, que si alguien te dice que no quiere hacerte daño, acabará por hacértelo. También percibe verdades más profundas y misteriosas: a pesar de que la gente no crea en la magia de los sentimientos, el amor siempre busca otra oportunidad. Y si lo dejas escapar, puede que tus descendientes sean víctimas de un antojo del destino. O incluso… de un maleficio. ¿Es ese el origen del extraño don que la acompaña desde que nació? Lo cierto es que, desde su bisabuela hasta su propia madre, todas las mujeres de su familia han tenido vidas complicadas. A través de sus voces y a lo largo de casi un siglo de historia, seguimos una estela de corazones rotos, deseos traicionados y ocasiones fugaces. Ava comparte un sueño con las mujeres que la han precedido: encontrar el amor verdadero. Tal vez ella sea la primera en poder conjurar la fatalidad y huir de las rejas del desamor.

Este libro está impregnado de magia cotidiana y huele a desván lleno de sorpresas. Invita a leer con manta y chocolate caliente. Tiene un sabor intenso a ‘La casa de los espíritus’ de Isabel Allende: la historia avanza gracias a una serie de mujeres fuertes e independientes con un conocimiento intuitivo de los mecanismos más ocultos y ancestrales.

Los personajes tienen una cualidad de teatro de marionetas. A excepción de las tres protagonistas –Emilienne, Viviane y Ava-, el resto se nos presentan definidos por un par de características principales que los acompañan a lo largo de la narración y los hacen inmediatamente reconocibles.

El estilo de la autora es tan cálido y reconfortante que, una vez nos adentramos en su mundo, cualquier intromisión de la vida real nos puede resultar irritante. El amor y la pérdida están presentes con una dimensión casi tangible, llegando incluso a reflejarse en una serie de visitantes incorpóreos que habitan junto a la familia la casa al final del Camino de la Cima.

Con este libro me ha ocurrido algo muy similar a lo que me ocurre con casi todas las obras de Neil Gaiman. He disfrutado muchísimo con la ambientación y los detalles, con el cuidado puesto en trasmitirnos esa sensación de mundo extraño dentro del nuestro que siempre acompaña al realismo mágico. Sin embargo, me quedo con la impresión de que podría haber habido algo más que no sabría nombrar; quizás un argumento más complejo o una resolución más pulida.

Aún así, he pasado un rato encantador leyendo este libro y lo recomiendo muchísimo a los que disfrutéis con el realismo mágico y la fantasía.

Te gustará si te gustó ‘El océano al final del camino’ de Neil Gaiman.

Mi versión de la portada:

‘Tenemos que hablar de Kevin’ de Lionel Shriver

Título original: We Need to Talk About Kevin

Año de publicación: 2003

Nº de páginas: 616

Editorial: Anagrama

Eva es autora y editora de guías de viaje para gente tan urbana y feliz como ella. Casada desde hace años con Franklin, un fotógrafo de publicidad, decide, con muchas dudas, cerca de los cuarenta años, tener un hijo. Y el producto de tan indecisa decisión será Kevin. Pero casi desde el comienzo, nada se parece a los mitos familiares de la clase media urbana y feliz. Eva siente que Franklin se ha apoderado de su maternidad, convirtiéndola en el mero contenedor del hijo por nacer. Y Kevin es el típico bebé difícil, que tortura con sus llantos, que no quiere comer. Se convertirá en el terror de las niñeras, en un adolescente terrible, en el antihéroe a quien sólo le interesa la belleza de la maldad. Al llegar la sangrienta, mortífera epifanía de Kevin, dos días antes de cumplir los dieciséis años, el niño es un enigma para su madre. 

Hay libros que nos resultan incómodos porque nos plantean situaciones que quedan alejadas de nuestra cotidianeidad, como pueden ser el desarrollo de una guerra, los trapicheos de un narcotraficante o los mecanismos retorcidos de un mundo distópico. Suele tratarse de una incomodidad con una presencia no muy sólida, ya que es imposible desembarazarse del sentimiento de irrealidad que la acompaña. Pero existe otra categoría de libros perturbadores en los que esa misma sensación adquiere una corporeidad tan factible y tan real que la sentimos a nuestro lado a cada vuelta de página. Si bien no es muy probable, aquello sobre lo que estamos leyendo podría sucedernos a nosotros mismos. Es más, después de la intensidad de la lectura, nos parece que no tenemos escapatoria, que nuestro futuro ya está escrito. ‘Tenemos que hablar de Kevin’ entra de lleno en esta categoría de libros que nos zarandean a todos los niveles.

Y una de las diversiones más absorbentes, a medida que envejecemos, consiste en explicar, no sólo a los demás, sino a nosotros, nuestra propia historia. Bien que lo sé: cada día me la cuento y me persigue como un perro fiel. En consecuencia, el único aspecto en el que me aparto de mi personalidad joven es que ahora considero terriblemente afortunadas a todas las personas que tienen muy poca o ninguna historia que contarse.

Eva nos relata su historia desde el presente, echando la vista atrás a través de unas cartas a su marido en las que rememora la relación de ambos, la maternidad y la accidentada vida familiar que vino después. La autora ha sabido encontrar el equilibrio perfecto entre el avance de la narración y los pensamientos tangenciales: el texto está lleno de meandros y espirales que no hacen sino reflejar el discurso interno de alguien que no puede parar de reflexionar obsesivamente sobre el mismo tema, durante días, meses y años, mirándolo desde todos los ángulos y bajo todas las luces.

Ahora bien, si no hay razón alguna para vivir sin hijos, ¿por qué habría de haberla para vivir con ellos? Responder a la angustia existencial que te plantea tu vida engendrando, simplemente, otra vida que la suceda significa, además de una cobardía, dejar para la generación que siga a la tuya la responsabilidad de encontrar la respuesta; hallarla en esas condiciones representa, pues, una tarea potencialmente infinita. Lo más probable es que la respuesta de tus hijos sea procrear a su vez, para endilgar a su descendencia el problema de no encontrarle sentido a su vida.

La protagonista nos muestra su visión en primera persona de la relación con su hijo como un siniestro caleidoscopio lleno de dudas: a veces es demasiado dura consigo misma, justificando en parte el comportamiento de Kevin a través de su propio desencanto con la maternidad; en otros momentos (la mayoría y con razón), las consecuencias de la maldad de su hijo hablan por sí mismas y sin posibilidad de discusión. A pesar de esta percepción incierta y en muchos casos dolorosa de su propio papel, a menudo intuimos un resquicio de algo más: del esfuerzo y el empeño que pone en que Kevin tenga una vida normal.

La relación con su marido sufre un giro radical a raíz de la llegada de ese hijo tan deseado por su padre. Franklin asume el papel de compañero y defensor del pequeño hasta un extremo ridículo, colocándose una venda en los ojos ante sus manipulaciones y dejando a Eva en un abismo de soledad e incomprensión en el que el cartel de “mala madre” está pintado cada vez con colores más brillantes. Esta imagen es la que inevitablemente empapa todas las ideas que desarrolla en sus cartas.

¡La vida podía ser tan bella! Era posible ser un buen padre, gozar de los fines de semana, las meriendas en el campo, los cuentos a la hora de ponerse a dormir, y todo ello para educar a un hijo honrado y fuerte. Estabas en América. Y tú lo habías hecho todo bien. Por consiguiente, nada de aquello podía suceder realmente.

Es un libro que genera mil preguntas para las que no hay respuestas sencillas ni verificables. ¿Hasta qué punto es Eva responsable de la actitud de su hijo? ¿Y su padre? ¿Habría cambiado algo si hubieran formado un frente unido en vez de dos equipos rivales? ¿Podrían haber evitado de alguna forma los crímenes de Kevin o escapaba totalmente a su control? ¿Es la falta de empatía de Kevin algo innato? Y la más importante: ¿por qué lo hizo? De nuevo, lo más inquietante que deriva de esta lectura es que todas estas preguntas tienen sentido fuera del marco de la misma y más allá de sus personajes.

Si bien el cambio de actitud de Kevin al final es un poco demasiado abrupto y conveniente, no podemos evitar agradecer su efecto de bálsamo y no desmerece para nada la calidad de la obra en conjunto. La maestría de la autora en el desarrollo de los personajes y en la forma de desgranar la historia hacen de este un libro recomendadísimo y sobre el que merece la pena tener largas discusiones posteriores.

Mi versión de la portada:

‘El coleccionista de libros’ de Alice Thompson

Título original: The Book Collector

Año de publicación: 2015

Nº de páginas: 208

Editorial: Siruela

En la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, un hijo adorable, una lujosa residencia… Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo —un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave— hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con los que su propio hogar le tiene reservados…

Se trata de un libro tan corto como intenso. Aunque al principio la presentación de los personajes pueda parecer un poco demasiado escueta, pronto entramos en el ritmo de la narración y todo se vuelve frenético, relegando a un segundo plano esa sensación inicial. Creo que precisamente lo reducido de esta obra es uno de sus grandes aciertos, ya que de ello deriva gran parte de su redondez. Más tarde ese mismo carácter cobra un nuevo sentido al relacionarse directamente con las peculiaridades de un cuento de hadas.

La historia es claustrofóbica, espesa y abrumadora. La parcialidad del narrador no hace sino añadir a ese sentimiento de desorientación; nunca estamos del todo seguros de si lo que vemos es real. Las vagas referencias al escenario y la época se suman a su vez al carácter fantástico que, de nuevo, no hace sino reafirmarnos en la convicción de que estamos leyendo un cuento de hadas moderno. Pero no una de esas nuevas versiones edulcoradas, sino más bien uno de los antiguos, de esos en los que lo macabro y lo siniestro no se escondían y en los que ningún protagonista tenía asegurado el éxito final. La intuición bastante temprana de la solución del misterio no le resta interés a la narración.

Encontramos continuas referencias al gaslighting, sobre el que se apoya gran parte de la inquietud que nos produce esta lectura. A pesar de llevar razón en la mayoría de sus temores, la protagonista pierde la confianza en sí misma debido a la insistencia de su marido, la criada e incluso su amiga en el delicado estado de su salud mental.

– Archie, ¿dónde vas por las noches?

El volvió a sentarse en el borde de la cama. Incluso en medio de aquella oscuridad, Violet podía percibir su quietud, pero también oía el golpeteo de sus dedos sobre el bastidor de la cama: tac-tacatac-tac, tac-tacatac-tac.

– No voy a ningún sitio, querida.

Violet encendió la lámpara de gas que había junto a la cama. La mirada de su esposo era firme y vigilante como la de un reptil.

El efecto que ese mecanismo sombrío tiene en Violet, culmina en una alucinación y en su ingreso en el sanatorio, en el que cualquier comportamiento o comentario pueden ser interpretados como una señal inequívoca de su desequilibrio.

Violet miró a su alrededor. Había mujeres comiendo o mirando al vacío, contemplando el fuego o vagando sin rumbo por la habitación. Y por un absurdo momento pensó: “Esto no es muy distinto al orden habitual de las cosas: solo son mujeres viviendo y sobreviviendo, esto es lo que les ocurre a las mujeres que no encajan en un mundo creado por hombres”.

Al final, a pesar de que el sentimiento de desasosiego no se disipa, el fuego se presenta como un elemento purificador y, por un momento, podemos compartir la euforia de la protagonista. En mi opinión, la autora ha sabido encontrar, con gran acierto, un punto de equilibrio muy escurridizo entre las aguas superficiales de su escritura y el temor por lo que se esconde en las profundidades.

Te gustará si te gustó ‘El papel pintado amarillo’ de Charlotte Perkins Gilman.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita