‘La amiga estupenda’ de Elena Ferrante

Título original: L’amica geniale

Año de publicación: 2011

Nº de páginas: 386

Editorial: Lumen

Con La amiga estupenda, Elena Ferrante inaugura una tetralogía deslumbrante que tiene como telón de fondo la ciudad de Nápoles a mediados del siglo pasado y como protagonistas a Lenù y Lila, dos jóvenes mujeres que están aprendiendo a gobernar su vida en un entorno donde la astucia, antes que la inteligencia, es el ingrediente de todas las salsas. La relación a menudo tempestuosa entre Lila y Lenù tiene a su alrededor un coro de voces que dan cuerpo a su historia y nos muestran la realidad de un barrio pobre, habitado por gente humilde que acata sin más la ley del más fuerte, pero La amiga estupenda es mucho más que un trabajo de realismo social: lo que aquí tenemos son unos personajes de carne y hueso, que intrigan al lector y nos deslumbran por la fuerza y la urgencia de sus emociones.

Este libro lo he devorado de principio a fin sin pararme a respirar. Ha sido una experiencia enigmática a la vez que cercana que he disfrutado al máximo. La magia viene de dos personajes que se desarrollan ante nuestros ojos desde los cimientos más profundos hasta la torre más alta. Se trata de un retrato emocional de la infancia y la adolescencia con todos sus miedos, sus ilusiones, sus ambiciones y sus desengaños.

La amistad de Lila y Lenù es como un mar traicionero: aparentemente en calma pero en realidad bajo una tormenta siempre a punto de estallar. Es un continuo acercamiento y distanciamiento, un amor y un pequeño odio que nos lleva a la conclusión de que la amiga estupenda son las dos. La belleza de esta relación nos llega a través de imágenes tan maravillosas como la de ambas subiendo a casa de don Achille a exigir la devolución de sus muñecas, a pesar del miedo atroz que les provoca; o la de su expedición fuera del barrio, más allá de lo conocido, en busca de la apoteosis de lo desconocido: el mar.

Cuando se lleva poco tiempo en este mundo resulta difícil comprender cuáles son los desastres que dan origen a nuestro sentimiento del desastre, o tal vez no se siente la necesidad de comprenderlo. A la espera del mañana, los mayores se mueven en un presente detrás del que están el ayer y el anteayer o, como mucho, la semana pasada; no quieren pensar en el resto. Los pequeños desconocen el significado de ayer, del anteayer, del mañana, todo se reduce a esto, al ahora: la calle es esta, el portón es este, las escaleras son estas, esta es mamá, este es papá, este es el día, esta es la noche. Yo esta pequeña y, a fin de cuentas, mi muñeca sabía más que yo. Le hablaba, me hablaba. Tenía cara de celuloide con cabello de celuloide y ojos de celuloide. Llevaba un vestidito azul que le había cosido mi madre en un raro momento feliz, y estaba preciosa.

El escenario que enmarca esta relación es sucio, violento, pobre. La autora (o autor) nos hace sentir de manera tangencial el asombro de ver crecer a estas dos perlas en medio de un pantano de aspiraciones rotas y el miedo a que finalmente se rompan, se ensucien y pierdan su brillo. El estilo es simple y cristalino, casi afilado.

Nadie lo comentó, pero entendimos que Rino y Pasquale, mayores que nosotras, en aquellas calles solo encontraban la confirmación de cosas que ya sabían, y eso los ponía de malhumor, los enfurecía, los volvía torvos, porque tenían la certeza de estar fuera de lugar, mientras que nosotras, las chicas, lo descubríamos en ese momento y con sentimientos ambiguos. Nos sentimos incómodas y embelesadas, feas pero al mismo tiempo dispuestas a imaginarnos cómo seríamos si hubiésemos encontrado el modo de reeducarnos, vestirnos, maquillarnos y emperifollarnos como era debido.

Esa extraña familiaridad de la que hablaba antes parece surgir de la proximidad cultural entre España e Italia: lo suficientemente similares como para despertar una sensación de reconocimiento, y lo suficientemente alejadas como para dar cabida a la sorpresa. Esa distancia palpable, junto con la visión infantil, aporta un toque irreal, casi fantástico, a toda la narración.

Si bien el final nos deja con ganas de más, creo que podría funcionar perfectamente como un libro autoconclusivo, de esos que terminan con un gran estruendo que deja eco. Aún así, estoy deseando seguir con la segunda parte y ver si está a la altura de este maravilloso comienzo.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita

‘La soledad de Charles Dickens’ de Dan Simmons

Título original: Drood

Año de publicación: 2009

Nº de páginas: 871

Editorial: Roca

El 9 de junio de 1865, mientras viajaba en tren a Londres con su amante secreta, Charles Dickens -que entonces contaba con 53 años y se hallaba en la cúspide de su carrera literaria- se vio envuelto en un accidente ferroviario que cambió su vida para siempre. Dan Simmons narra esos últimos años de la vida de Dickens, dándole la voz al amigo y a la vez rival del gran escritor, Wilkie Collins. Explora en los enigmas que Dickens se llevó a la tumba y que aun hoy siguen sin respuesta, deteniéndose en los relacionados con su última e inconclusa obra: El misterio de Edwin Drood. De la mano de Collins, el lector descubre la oscura y doble vida que Dickens llevó tras el accidente, sus incursiones nocturnas en los peores tugurios de Londres y su creciente obsesión por la muerte. 

Sorprende la gran cantidad de estilos en los que este autor se mueve como pez en el agua. Tras haber leído otros dos libros suyos completamente distintos, llego a la conclusión de que Dan Simmons es un gran amante de la literatura como forma artística y que disfruta al máximo contando historias, independientemente del género al que pertenezcan. Es más, la mezcla de los elementos más dispares parece ser el germen de toda su obra. En este caso tenemos una novela biográfica, histórica, costumbrista, con elementos fantásticos, policiacos, místicos, siniestros y a veces un poco paranormales.

A pesar del título y como bien podemos vislumbrar casi desde el principio, el protagonista de esta historia no es Charles Dickens. El autor de ‘Historia de dos ciudades’ está presente en cada momento pero mayormente como el destinatario de la envidia, la admiración y el asombro de Wilkie Collins, el verdadero actor principal. La maravilla de esta elección, en mi opinión, reside en que, además de no ser la perspectiva que esperábamos, estamos tratando con un narrador cuya credibilidad se ve comprometida en numerosas ocasiones, de manera que nunca estamos seguros del suelo que pisamos.

Como ya hizo en ‘El Terror’, Dan Simmons consigue, tras lo que imagino habrá sido una labor de investigación bastante minuciosa, justificar y ampliar los hechos reales a través de una red de ficción que se sostiene por sí misma gracias a la infinidad de detalles y la coherencia que aportan. El nacimiento de ‘La piedra lunar’ de Wilkie Collins, la relación de Dickens con su joven amante o las lecturas públicas del Inimitable y el efecto que producían en el público son solo algunos de esos elementos que enmarcan esta narración tan extraordinaria en un plano de realidad tangible.

No sé de dónde surge la libertad de la traducción al español del título original (‘Drood’), pero lo que sí creo es que crea una expectativa errónea y que no podemos apoyarnos en esa idea para interpretar el sentido de la narración. Si Drood existe realmente y estamos leyendo un relato fantástico, o bien si es todo una invención de Dickens magnificada por los delirios de opio de Wilkie, no podemos estar completamente seguros. Si buscamos bien, podemos encontrar justificación para ambas posturas. Al final, parece que lo realmente importante es el proceso creativo que se esconde detrás de los libros: cómo nace una idea, cómo esta secuestra la vida del escritor y va tomando forma a la par que ella y cómo el autor encuentra un equilibrio (o no) entre lo real y lo imaginado.

En relación directa con ese mismo tema metaliterario, me quedo con la teoría de Jaime, que fue quien me recomendó esta lectura: ¿y si el libro que tenemos entre manos no es sino una ficción escrita por el propio Wilkie Collins como instrumento para dar sentido al último libro inacabado de Dickens?

La respuesta de Chapman me sorprendió mucho. El editor se puso furioso. Me hizo saber que “ningún hombre en Inglaterra”, por muy dotado que estuviera o “creyera estar” como escritor (y con eso insinuaba que no me consideraba así de dotado) podría llenar jamás el hueco dejado por Charles Dickens, aunque yo tuviera un centenar de esbozos completos en el bolsillo. “Es mejor que el mundo nunca sepa quién mató a Edwin Drood, o en realidad, si está muerto, a que una mente menor recoja la pluma caída del Maestro”, me escribió.

Me parece absolutamente genial el pasaje en el que, tras la muerte de Dickens, nuestro narrador vuelve a su casa dispuesto a encontrar todos los defectos posibles en la obra de su difunto amigo y competidor. Sin embargo, tras una búsqueda concienzuda a través de páginas y más páginas, no puede sino rendirse ante su maestría con las palabras, trasmitiéndonos a nosotros los lectores su homenaje involuntario.

He visto la luz del sol sobre el mar miles de veces, y la he descrito en mis libros y cuentos en muchas ocasiones. He usado palabras como “azul”, “brillante”, “agitado”, “gris”, “coronado de blanco”, “ominoso”, “amenazador” e incluso “ultramarino”.

Y he visto ese fenómeno del sol “formando charcos de plata en el mar oscuro” montones de veces y en distintas ocasiones, pero nunca se me había ocurrido atraparlo en la ficción, con o sin ese rápido y certero y ligeramente confuso sonido de las sibilantes* que Dickens eligió para su descripción.

* “making silvery pools in the dark sea” en el original.

Más genial aún es el final mismo en el que, tras haber sido hipnotizados durante casi 900 páginas por una historia extraña e imposible de clasificar, somos liberados del hechizo gracias a una sola palabra.

Te gustará si te gustó ‘Si una noche de invierno un viajero’ de Italo Calvino.

Aunque tengan escasa relación, durante esta lectura también me he acordado mucho de ‘El mapa del cielo’ de Felix J. Palma y de ‘Neverwhere’ de Neil Gaiman, por aquello del mundo escondido en el Londres subterráneo que despierta tanta fascinación.

Mi versión de la portada:

‘Vorrh. El bosque infinito’ de Brian Catling

Título original: The Vorrh

Año de publicación: 2015

Nº de páginas: 480

Editorial: Siruela

Más allá de la ciudad colonial de Essenwald se extiende un inmenso bosque, tal vez infinito, en el que habitan ángeles y demonios, guerreros y sacerdotes. Floresta mágica y sensible, el Vorrh retuerce el tiempo, absorbe las almas, borra la memoria y cuentan las leyendas que en su corazón se conserva intacto el mismísimo jardín del Edén. Ahora, un soldado rebelde inglés se propone ser el primero en atravesar su extensión y emprende el viaje armado solo con un extraño arco fabricado con la espina dorsal de su amante. Pero alguien que teme las consecuencias de su misión enviará para detenerlo a un implacable tirador nativo. Alrededor de ellos orbitarán decisivamente historias tan dispares como la de un cíclope criado por robots de baquelita o la de figuras históricas como Sarah Winchester, heredera del imperio del rifle, y el inclasificable escritor Raymond Roussel. 

Este libro es toda una sacudida al género que supuestamente representa. ¿Fantasía? Sí, pero tan alejada de los cánones a los que estamos acostumbrados que parece necesitar una clasificación para él mismo. Del nombre que podríamos dar a esta nueva especie no tengo ni la más remota idea. Es sin duda una pieza única, extraña y fascinante a partes iguales.

El arco que llevo conmigo al bosque está hecho de Este.

Ella murió hace diez días, justo antes del amanecer. Presintió la llegada de la muerte mientras trabajaba en el jardín. En un instante de lucidez, bajo el sol de la tarde, vio entre las plantas los espacios vacíos donde ya no estaba.

Se trata de una narración que nos llega a través de múltiples voces, algunas de ellas aparentemente desconectadas, aunque desde el principio sospechemos que al final no será así. Desde una mujer sabia y sagrada que tras la muerte se convierte en un poderoso objeto, hasta unos misteriosos seres mitológicos que recuerdan a ángeles, pasando por médiums, curanderos e incluso el mismísimo Adán. Me resulta difícil darle una forma en mi cabeza al total de esas historias pero no ha sido un impedimento para disfrutar la lectura. La maravilla de este libro surge de la cantidad de visiones asombrosas y situaciones extraordinarias que nos regala. Los límites de lo posible no existen entre estas páginas. Todo tiene cabida: encontrar las pertenencias ancestrales de tu familia en un museo de historia natural a miles de kilómetros de tu hogar o el sueño vívido de un perro en mitad de la narración.

El lenguaje del autor pinta estas imágenes en unas dimensiones que alcanzan bastante más allá de lo físico. Todo tiene un trasfondo extrasensorial y un ancla en el subconsciente. Cuando busca transmitir una idea, a veces llega a lo más profundo de nuestra propia experiencia. Como muestra, la descripción de un sentimiento de miedo atroz:

Durante una eternidad infinitesimal, todo en su interior perdió el color y la movilidad. La sangre que circulaba por sus venas se tiñó de blanco y bloqueó su corazón, llenó sus oídos y se coaguló en sus ojos, solidificándose hasta agrietarse en las dendritas de su cerebro. Una blanca película de aire se detuvo en la entrada de los pulmones y sus músculos palidecieron fundiéndose con el hueso; una nívea orina abrasó el interior de sus muslos y los pálidos nervios que se ramificaban por todo su cuerpo chasquearon, volviéndose opacos y escondiendo en su interior la transparencia del agua.

Me quedo con una fuerte sensación de que esta lectura solo ha sido la primera parte de mi relación con este libro; una mera introducción a lo que este quiere transmitir. Esperaré impaciente la traducción de las siguientes partes que forman esta trilogía, que probablemente arrojen luz sobre muchas de las sombras y recovecos del Vorrh.

¿Lo recomendaría? Definitivamente, es un libro para mentes aventureras que estén dispuestas suspender su incredulidad por unas horas y a hacer las preguntas menos habituales. Si eso encaja contigo, deberías darle una oportunidad.

Tan extensa era su superficie que exigía sus propios principios temporales, hasta tal punto que era imposible calibrar el desplazamiento del sol a través de sus vastas regiones de acuerdo con los cánones normales. Un hipotético viajero capaz de atravesar a pie, de punta a punta, toda su extensión se vería obligado a detenerse en su centro exacto y esperar al menos una semana para que su alma consiguiera alcanzarlo.

Termino con un gran aplauso cibernético a la colección Nuevos Tiempos de la editorial Siruela, que me ha descubriendo un montón de buenos títulos en los últimos meses.

Te gustará si te gustó ‘Sobre los acantilados de mármol’ de Ernst Jünger.

Mi versión de la portada: