‘Los dos tórtolos’ de Alexandre Postel

Título original: Les deux pigeons

Año de publicación: 2016

Nº de páginas: 250

Editorial: Nórdica

Como las palomas de la fábula, Théodore y Dorothée se aman tiernamente. Esto no evita que se pregunten: ¿cómo divertirse?, ¿alimentarse?, ¿qué hacer con estos dos cuerpos?, ¿a qué dedicarse?, ¿deberíamos fundar una familia, trabajar, sentirnos indignados?, ¿qué hacen los otros? Esta novela, que relata el romance de una pareja de hoy, es también una pintura de la sociedad francesa de la década de 2000 y la generación que llega ahora a la edad adulta. Una generación engañada y menospreciada a menudo por su falta de pasión. La narración rezuma una inteligente ironía que hace a los personajes cómicos y terriblemente entrañables.

Para aquellos que formamos parte de la generación millennial, este libro es un mosaico de pequeños espejos, cada uno orientado en un ángulo ligeramente distinto, de manera que no necesariamente nos vemos en todos ellos pero sí es seguro que varios nos devuelven nuestro reflejo.

¿Quién iba a poder entender la necesidad que la impulsaba, cuando tenía la sensación de no haber trabajado lo suficiente, a trabajar menos aún, a sumergirse en la selva de los blogs –blogs de cocina, blogs de perfumes, blogs de moda, blogs de blogs-, a consumir, a comprar jerséis, vestidos, joyas que, de forma fugitiva, le permitían ver a medias, desde lo hondo de la cloaca donde le chapoteaba el alma, una promesa de belleza?

La precariedad laboral, la falta de motivaciones vitales, el desencanto por los representantes políticos, la desesperanza por el deterioro del medio ambiente… Visto así, podría parecer que hablo de una narración de tintes pesimistas, pero nada más lejos de la realidad. Esos aspectos están presentes como telón de fondo pero también hay cabida para el lado brillante de las cosas. El foco principal no deja de ser la unión de dos personas que exploran los diferentes aspectos de su relación sin haberse autoimpuesto un contrato externo o un horizonte temporal en el que alcanzar ciertas metas establecidas por la sociedad (aunque a menudo piensen en ello). El choque entre estas dos caras de la realidad provoca fricción, por supuesto, pero también energía y movimiento.

Dorothée le prestaba las cremas y las lociones; Théodore le prestaba los vaqueros que ya no se ponía y los calcetines. Iba afianzándose una confusión. La conciencia de ser una mujer, una mujer frente a un hombre, se difuminaba, refluía hacia la tranquila indiferencia y la igualdad serena que recordaba haber sentido fugitivamente en lo hondo de una infancia tan lejana que le parecía una vida anterior.

La forma que tiene el autor de tomar un tema general como punto de partida para cada capítulo casi nos da la sensación de estar viendo un documental sobre la vida moderna cuyo público objetivo no es sino nosotros mismos; el cometido final es que nos reconozcamos en lo más genial y lo más ridículo de los tiempos que corren.

…ya está, ya duerme, duermen los dos, sumidos en el sueño como dos planetas en el espacio infinito; y la operación más misteriosa y más íntima de toda su vida en común, compartir a diario el sueño, en que se libera una fuerza indispensable para su unión, la fuerza del olvido, esa operación ocurre sin que tengan ninguna conciencia de ella.

Al final tenemos una lectura que, sin ser una obra maestra, nos saca más de una sonrisa y nos pulsa ciertos botones que merece la pena pulsar de vez en cuando para no olvidar cómo sonaban.

Mi versión de la portada:

‘El viajero del siglo’ de Andrés Neuman

Año de publicación: 2009

Nº de páginas: 544

Editorial: Alfaguara

Un viajero enigmático. Una ciudad en forma de laberinto de la que parece imposible salir. Cuando el viajero está a punto de marcharse, un insólito personaje lo detiene, cambiando para siempre su destino. Lo demás será amor y literatura: un amor memorable, que agitará por igual camas y libros; y un mundo imaginario que condensará, a pequeña escala, los conflictos de la Europa moderna. El viajero del siglo nos propone un ambicioso experimento literario: leer el siglo XIX con la mirada del XXI. Un diálogo entre la gran novela clásica y las narrativas de vanguardia. Un puente entre la historia y los debates de nuestro presente global: la extranjería, el multiculturalismo y los nacionalismos, la emancipación de la mujer.

Este es el primer libro que he leído este año pero ya puedo decir que muy posiblemente se encuentre en la lista de favoritos que elabore en enero del que viene. Lo encontré por casualidad y me ha pillado completamente por sorpresa. No sabría quedarme con un solo aspecto memorable de esta novela; cada una de sus caras me ha fascinado aún más que la anterior.

Entre estas páginas me he encontrado con diálogos cómo hacía tiempo que no leía. El autor hace uso de la elipsis como forma de involucrar al lector, de invitarlo a pasar y poner de su parte en la conversación. Las continuas interrupciones entre personajes añaden partes del escenario no descritas y el lenguaje sin censura nos trasmite emociones y detalles del subconsciente del interlocutor que nos llegan sin necesidad de hacer ningún apunte. Todo esto hace que nuestra percepción de la historia fluya y evolucione a pasos agigantados sin que nos demos cuenta.

Cuando el organillero empezó a tocar, algo rozó el límite de algo. Hans no añoraba nada: prefería pensar en el siguiente viaje. Pero al escuchar el organillo, su pasado metálico, le pareció que alguien, otro anterior a él, se estremecía en su interior. Siguiendo la melodía como se lee un papel al viento, a Hans le sucedió algo infrecuente: sintió cómo sentía, se contempló emocionándose. Su oído atendía porque el organillo sonaba, el organillo sonaba porque su oído atendía. Más que tocar, a Hans le pareció que el viejo hacía memoria.

Cuando se da el lujo de enfrascarse en la descripción, Andrés Neuman es capaz mostrarnos todos y cada uno de los aspectos de un paisaje hablando solo de cómo la luz incide en las formas. El lenguaje que emplea es bellísimo y aún así, de nuevo, lo que no está escrito tiene tanta importancia como lo que sí lo está. A través de los ojos de un mismo personaje nos conduce a estancias tan dispares como un salón de gente bien donde se suceden las discusiones sobre literatura y política, una humilde posada con un solo huésped o una cueva a las afueras dónde un organillero visionario y un perro conviven como en otra dimensión de las cosas.

Las relaciones entre personajes tienen un calado hondísimo.  El juego de miradas, poses y tendencias al que se entregan Hans y Sophie es probablemente uno de los retratos más vivos que he leído sobre el enamoramiento de dos personas, con todas sus luces y sus sombras. El autor moldea el lenguaje como si él mismo lo hubiera inventado. Nos trasmite cada ansia y cada anhelo sin rebajarse a contárnoslo.

Sophie, delicia, has dado con una idea maravillosa: lo que tomas de mí ya me lo diste. He pensado todo el día en eso. Y creo que tu idea, que es más bien una vivencia (como todas las auténticas ideas), nos lleva a un estadio más elevado del amor: el del individualismo bien entendido. Los amantes clásicos se prometen ser los mismos para siempre, pero contigo he aprendido a cambiar de planes para bien. No te hablo de dejar libre a quien se ama por olímpico altruismo. Se trata de la certeza de que tu amplitud es mi horizonte.

En resumen, me gustaría ir puerta por puerta y hablarle de este libro a cualquiera que me quisiera escuchar. Pero eso llevaría mucho tiempo y yo aún tengo mucho que leer así que espero que esta reseña os anime a buscar esta maravilla y ver si podéis hacerle un hueco no solo en vuestra estantería.

Ella corrió un par de calles hasta alcanzar a Elsa. Él daba zancadas hacia la plaza del Mercado. Espiados desde arriba, desde algún balcón o un ventanuco de la Torre del Viento, podían parecer dos personajes mínimos, dos rayas a lo largo de la nieve. Vistos a ras de suelo, eran dos personas cargadas de vida.

Te gustará si te gustó ‘Pétalo carmesí, flor blanca’ de Michel Faber.

Mi versión de la portada:

‘Saludos nada cordiales’ de Christophe Carlier

Título original: Ressentiments distingués

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 168

Editorial: Maeva Ediciones

El otoño ha llegado a la isla. Una serie de cartas anónimas lacónicas e intimidantes interrumpen la vida pacífica de los isleños, haciéndoles sentir muy incómodos y levantando suspicacias. En pleno invierno, llega una nueva carta, esta vez con la firma de una niña que murió diez años atrás. ¿Es una carta falsa? ¿O es que la niña sigue viva? Pronto, la población de la isla está, literalmente, a punto de perder los nervios.

Este libro es una pequeña postal de una isla sin nombre que nos muestra no solo los sitios de interés sino también lo que se barre debajo de la alfombra y se apila en los rincones en penumbra.

Las misivas sacan a los vecinos de sus cáscaras relucientes, barriendo a golpe de letra de palo la capa de formalidad y apariencia que recubría sus lazos. De repente, todos son sospechosos, no ya de haber escrito las cartas, sino de a saber qué pecados y deslices que hasta ahora no habían visto la luz. A través de esta mecánica, vamos conociendo poco a poco a muchos de los habitantes de la isla, cuyas descripciones adquieren un cariz de teatro de guiñol; aunque los retratos son un tanto planos, sirven de vehículo para un lenguaje muy mimado que teje no pocas imágenes evocadoras.

La figura del cartero acaba siendo equiparada a ojos de todos a la de un emisario del mismísimo diablo. El pobre Gabriel es consciente de la angustia que despierta su mercancía y él mismo lamenta la fatalidad de su tarea.

Gabriel, hombre de buen corazón, nunca concluía su ronda sin dedicar un pensamiento a quienes, tras su paso, no encontrarían nada en el buzón. En las islas el silencio puede ser terrible. ¿Qué cartero repartirá jamás las cartas no escritas?

Christophe Carlier llega a las verdades más incómodas con las palabras justas, que sabe encajar en la situación más cotidiana. El autor de las cartas acaba convirtiéndose en un dios macabro a cargo de un rebaño de pueblerinos recelosos y vulnerables. Todos ellos, tanto los que reciben anónimos como los que no, se enfrentan a una revisión de conciencia: los destinatarios de las cartas por el reproche directo, y los que aún no han recibido ninguna por lo que aventuran que contendrán esas líneas cuando llegue el momento.

La irreprochable Eugénie, a quien el autor anónimo no había puesto en el punto de mira, se escribió a sí misma, tildándose de hipócrita y de mosquita muerta. Al recibir la carta se quedó paralizada de espanto y tardó varias horas en abrirla. Cuando leyó la tarjeta se echó a llorar, juzgando merecido el reproche. 

La isla se desdobla en escenario y personaje, mostrando su cara más agreste y salvaje como reflejo del humor de sus habitantes. La inevitable sensación de aislamiento se acentúa conforme cada personaje se vuelve hacia sí mismo para examinarse, compadecerse o por pura desconfianza.

La visita a la rectoría le reveló sobre todo la espantosa soledad en la que vivía el religioso, su compasión sin límites y sin contenido y su manera casi druídica de hablar con las piedras, las cuales algunas tardes de invierno sin duda le respondían. 

Como cabría esperar, las cartas parecen surgir de un extraño desamparo que sin embargo es bastante común: el de no haber vivido con la intensidad suficiente como para tener algo que esconder, que reprocharse, o de lo que arrepentirse. La clase de impecabilidad que ahoga una vida y la despoja de todo tesoro.

Al final, las aguas vuelven a su cauce pero dejan el paisaje inevitablemente cambiado. Un viaje cortito pero intenso y no exento de sentido del humor a los sinuosos mecanismos de la vida en comunidad y la simple y llana experiencia de ser humano.

Mi versión de la portada: