‘El viajero del siglo’ de Andrés Neuman

Año de publicación: 2009

Nº de páginas: 544

Editorial: Alfaguara

Un viajero enigmático. Una ciudad en forma de laberinto de la que parece imposible salir. Cuando el viajero está a punto de marcharse, un insólito personaje lo detiene, cambiando para siempre su destino. Lo demás será amor y literatura: un amor memorable, que agitará por igual camas y libros; y un mundo imaginario que condensará, a pequeña escala, los conflictos de la Europa moderna. El viajero del siglo nos propone un ambicioso experimento literario: leer el siglo XIX con la mirada del XXI. Un diálogo entre la gran novela clásica y las narrativas de vanguardia. Un puente entre la historia y los debates de nuestro presente global: la extranjería, el multiculturalismo y los nacionalismos, la emancipación de la mujer.

Este es el primer libro que he leído este año pero ya puedo decir que muy posiblemente se encuentre en la lista de favoritos que elabore en enero del que viene. Lo encontré por casualidad y me ha pillado completamente por sorpresa. No sabría quedarme con un solo aspecto memorable de esta novela; cada una de sus caras me ha fascinado aún más que la anterior.

Entre estas páginas me he encontrado con diálogos cómo hacía tiempo que no leía. El autor hace uso de la elipsis como forma de involucrar al lector, de invitarlo a pasar y poner de su parte en la conversación. Las continuas interrupciones entre personajes añaden partes del escenario no descritas y el lenguaje sin censura nos trasmite emociones y detalles del subconsciente del interlocutor que nos llegan sin necesidad de hacer ningún apunte. Todo esto hace que nuestra percepción de la historia fluya y evolucione a pasos agigantados sin que nos demos cuenta.

Cuando el organillero empezó a tocar, algo rozó el límite de algo. Hans no añoraba nada: prefería pensar en el siguiente viaje. Pero al escuchar el organillo, su pasado metálico, le pareció que alguien, otro anterior a él, se estremecía en su interior. Siguiendo la melodía como se lee un papel al viento, a Hans le sucedió algo infrecuente: sintió cómo sentía, se contempló emocionándose. Su oído atendía porque el organillo sonaba, el organillo sonaba porque su oído atendía. Más que tocar, a Hans le pareció que el viejo hacía memoria.

Cuando se da el lujo de enfrascarse en la descripción, Andrés Neuman es capaz mostrarnos todos y cada uno de los aspectos de un paisaje hablando solo de cómo la luz incide en las formas. El lenguaje que emplea es bellísimo y aún así, de nuevo, lo que no está escrito tiene tanta importancia como lo que sí lo está. A través de los ojos de un mismo personaje nos conduce a estancias tan dispares como un salón de gente bien donde se suceden las discusiones sobre literatura y política, una humilde posada con un solo huésped o una cueva a las afueras dónde un organillero visionario y un perro conviven como en otra dimensión de las cosas.

Las relaciones entre personajes tienen un calado hondísimo.  El juego de miradas, poses y tendencias al que se entregan Hans y Sophie es probablemente uno de los retratos más vivos que he leído sobre el enamoramiento de dos personas, con todas sus luces y sus sombras. El autor moldea el lenguaje como si él mismo lo hubiera inventado. Nos trasmite cada ansia y cada anhelo sin rebajarse a contárnoslo.

Sophie, delicia, has dado con una idea maravillosa: lo que tomas de mí ya me lo diste. He pensado todo el día en eso. Y creo que tu idea, que es más bien una vivencia (como todas las auténticas ideas), nos lleva a un estadio más elevado del amor: el del individualismo bien entendido. Los amantes clásicos se prometen ser los mismos para siempre, pero contigo he aprendido a cambiar de planes para bien. No te hablo de dejar libre a quien se ama por olímpico altruismo. Se trata de la certeza de que tu amplitud es mi horizonte.

En resumen, me gustaría ir puerta por puerta y hablarle de este libro a cualquiera que me quisiera escuchar. Pero eso llevaría mucho tiempo y yo aún tengo mucho que leer así que espero que esta reseña os anime a buscar esta maravilla y ver si podéis hacerle un hueco no solo en vuestra estantería.

Ella corrió un par de calles hasta alcanzar a Elsa. Él daba zancadas hacia la plaza del Mercado. Espiados desde arriba, desde algún balcón o un ventanuco de la Torre del Viento, podían parecer dos personajes mínimos, dos rayas a lo largo de la nieve. Vistos a ras de suelo, eran dos personas cargadas de vida.

Te gustará si te gustó ‘Pétalo carmesí, flor blanca’ de Michel Faber.

Mi versión de la portada:

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