‘La soledad de Charles Dickens’ de Dan Simmons

Título original: Drood

Año de publicación: 2009

Nº de páginas: 871

Editorial: Roca

El 9 de junio de 1865, mientras viajaba en tren a Londres con su amante secreta, Charles Dickens -que entonces contaba con 53 años y se hallaba en la cúspide de su carrera literaria- se vio envuelto en un accidente ferroviario que cambió su vida para siempre. Dan Simmons narra esos últimos años de la vida de Dickens, dándole la voz al amigo y a la vez rival del gran escritor, Wilkie Collins. Explora en los enigmas que Dickens se llevó a la tumba y que aun hoy siguen sin respuesta, deteniéndose en los relacionados con su última e inconclusa obra: El misterio de Edwin Drood. De la mano de Collins, el lector descubre la oscura y doble vida que Dickens llevó tras el accidente, sus incursiones nocturnas en los peores tugurios de Londres y su creciente obsesión por la muerte. 

Sorprende la gran cantidad de estilos en los que este autor se mueve como pez en el agua. Tras haber leído otros dos libros suyos completamente distintos, llego a la conclusión de que Dan Simmons es un gran amante de la literatura como forma artística y que disfruta al máximo contando historias, independientemente del género al que pertenezcan. Es más, la mezcla de los elementos más dispares parece ser el germen de toda su obra. En este caso tenemos una novela biográfica, histórica, costumbrista, con elementos fantásticos, policiacos, místicos, siniestros y a veces un poco paranormales.

A pesar del título y como bien podemos vislumbrar casi desde el principio, el protagonista de esta historia no es Charles Dickens. El autor de ‘Historia de dos ciudades’ está presente en cada momento pero mayormente como el destinatario de la envidia, la admiración y el asombro de Wilkie Collins, el verdadero actor principal. La maravilla de esta elección, en mi opinión, reside en que, además de no ser la perspectiva que esperábamos, estamos tratando con un narrador cuya credibilidad se ve comprometida en numerosas ocasiones, de manera que nunca estamos seguros del suelo que pisamos.

Como ya hizo en ‘El Terror’, Dan Simmons consigue, tras lo que imagino habrá sido una labor de investigación bastante minuciosa, justificar y ampliar los hechos reales a través de una red de ficción que se sostiene por sí misma gracias a la infinidad de detalles y la coherencia que aportan. El nacimiento de ‘La piedra lunar’ de Wilkie Collins, la relación de Dickens con su joven amante o las lecturas públicas del Inimitable y el efecto que producían en el público son solo algunos de esos elementos que enmarcan esta narración tan extraordinaria en un plano de realidad tangible.

No sé de dónde surge la libertad de la traducción al español del título original (‘Drood’), pero lo que sí creo es que crea una expectativa errónea y que no podemos apoyarnos en esa idea para interpretar el sentido de la narración. Si Drood existe realmente y estamos leyendo un relato fantástico, o bien si es todo una invención de Dickens magnificada por los delirios de opio de Wilkie, no podemos estar completamente seguros. Si buscamos bien, podemos encontrar justificación para ambas posturas. Al final, parece que lo realmente importante es el proceso creativo que se esconde detrás de los libros: cómo nace una idea, cómo esta secuestra la vida del escritor y va tomando forma a la par que ella y cómo el autor encuentra un equilibrio (o no) entre lo real y lo imaginado.

En relación directa con ese mismo tema metaliterario, me quedo con la teoría de Jaime, que fue quien me recomendó esta lectura: ¿y si el libro que tenemos entre manos no es sino una ficción escrita por el propio Wilkie Collins como instrumento para dar sentido al último libro inacabado de Dickens?

La respuesta de Chapman me sorprendió mucho. El editor se puso furioso. Me hizo saber que “ningún hombre en Inglaterra”, por muy dotado que estuviera o “creyera estar” como escritor (y con eso insinuaba que no me consideraba así de dotado) podría llenar jamás el hueco dejado por Charles Dickens, aunque yo tuviera un centenar de esbozos completos en el bolsillo. “Es mejor que el mundo nunca sepa quién mató a Edwin Drood, o en realidad, si está muerto, a que una mente menor recoja la pluma caída del Maestro”, me escribió.

Me parece absolutamente genial el pasaje en el que, tras la muerte de Dickens, nuestro narrador vuelve a su casa dispuesto a encontrar todos los defectos posibles en la obra de su difunto amigo y competidor. Sin embargo, tras una búsqueda concienzuda a través de páginas y más páginas, no puede sino rendirse ante su maestría con las palabras, trasmitiéndonos a nosotros los lectores su homenaje involuntario.

He visto la luz del sol sobre el mar miles de veces, y la he descrito en mis libros y cuentos en muchas ocasiones. He usado palabras como “azul”, “brillante”, “agitado”, “gris”, “coronado de blanco”, “ominoso”, “amenazador” e incluso “ultramarino”.

Y he visto ese fenómeno del sol “formando charcos de plata en el mar oscuro” montones de veces y en distintas ocasiones, pero nunca se me había ocurrido atraparlo en la ficción, con o sin ese rápido y certero y ligeramente confuso sonido de las sibilantes* que Dickens eligió para su descripción.

* “making silvery pools in the dark sea” en el original.

Más genial aún es el final mismo en el que, tras haber sido hipnotizados durante casi 900 páginas por una historia extraña e imposible de clasificar, somos liberados del hechizo gracias a una sola palabra.

Te gustará si te gustó ‘Si una noche de invierno un viajero’ de Italo Calvino.

Aunque tengan escasa relación, durante esta lectura también me he acordado mucho de ‘El mapa del cielo’ de Felix J. Palma y de ‘Neverwhere’ de Neil Gaiman, por aquello del mundo escondido en el Londres subterráneo que despierta tanta fascinación.

Mi versión de la portada:

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