‘La sirena y la señora Hancock’ de Imogen Hermes Gowar

Título original: The Mermaid and Mrs Hancock

Año de publicación: 2018

Nº de páginas: 460

Editorial: Siruela

Londres, septiembre de 1785. Uno de los capitanes del armador Jonah Hancock llama con urgencia a su puerta en mitad de la noche para comunicarle la increíble noticia de que ha vendido su barco a cambio de algo absolutamente excepcional: el cuerpo disecado de una pequeña sirena.
El rumor se propaga como la pólvora, desde los astilleros y los burdeles hasta los cafés y los salones nobiliarios; todo el mundo quiere ver la recién descubierta maravilla. El encuentro del señor Hancock con Angelica Neal, la cortesana más deseable y cotizada de la ciudad, marcará el nuevo rumbo de sus vidas. ¿Dónde los llevará su ambición en una época de improbables ascensos sociales? ¿Y podrán escapar al poder de aniquilación que, según dicen, posee la mítica criatura marina?

Las páginas de este libro están llenas de luz y color: no hay una sola en la que nuestra atención no se pose en un personaje colmado de abalorios (reales y figurados) o un escenario tan bien definido que adquiere un matiz de decorado. Este carácter, junto con el continuo cambio de perspectiva y los capítulos relativamente cortos resultan en una lectura ligera y muy rica a la vez. La forma en que la autora mezcla lo más mundano con la fantasía y lo sobrenatural me ha parecido maravillosa.

Las miradas tan dispares de Angelica Neal y el señor Hancock nos regalan estampas evocadoras, cada uno a su manera: la cortesana nos muestra lo que se cuece tras las cortinas de la casa de citas y lo que se siente siendo una de las prostitutas más distinguidas de todo Londres, mientras que él nos invita a ser testigos del terremoto que sufre la vida de un hombre sencillo tras un golpe de fortuna un tanto particular. A lo largo del libro veremos cómo los dos, aunque especialmente ella, sufren una transformación más o menos sutil pero omnipresente: la aceptación, tras un largo periodo de fingimiento, de lo que realmente es importante para uno.

Me pareció muy interesante el juego de perspectiva que nos presenta la autora con respecto al prostíbulo y todo lo que sucede a su alrededor. En un principio puede resultar engañoso, ya que la información que recibimos viene de la señora Chapelle (la orgullosa dueña del establecimiento), del señor Hancock (que en su visita lo encuentra todo fascinante y perturbador a la vez) y de las cortesanas más jóvenes (a las que aparentemente todo les parece un juego). Más tarde, gracias a la historia de Polly, nos chocamos de lleno con lo que antes ya intuimos en fogonazos breves: las chicas son poco más que esclavas y lo más elevado a lo que pueden aspirar es a caer en gracia a algún caballero de buena posición. La evolución de esa impresión se acentúa hasta la crudeza más afilada que culmina en la última y triste aparición de la señora Chapelle.

Una pérdida no es un vacío.

Una pérdida es en sí misma una presencia; una pérdida acumula espacio; una pérdida nace, como cualquier cosa que vive.

En mi opinión, se genera un paralelismo bastante llamativo entre este cambio de visión y la diferencia, también muy marcada, entre el hallazgo de la primera sirena y la segunda. En el primer caso, estamos ante el cadáver disecado y diminuto de una criatura que rápidamente adquiere el estatus de atracción de feria. La segunda sirena que le trae al señor Hancock el capitán Tysoe Jones nada tiene que ver con la anterior. Esta vez se trata de un ser vivo, incorpóreo y fragmentado, casi como una medusa, rodeado de un aura mágica y triste, hecho de agua y de pena. Esta criatura fantástica tiene la capacidad de empujar a la superficie la tristeza de los que se acercan y de hacerles ver lo lejos que están de sus anhelos. Parece haber venido expresamente a desmontar el escenario, disolver las máscaras y dejar ver todo lo que hay detrás, para desconcierto de los presentes.

Entonces el tanque da como un suspiro muy hondo, hay una cascada de arcoíris que atraviesa el cobre del agua, y la ve: es difícil distinguir la forma exacta, pero sin duda está allí. Parece un banco de peces diminutos cuando se propulsan todos al unísono en la corriente marina, y relucen como un solo cuerpo con cada movimiento: una masa enorme que se forma y se transforma y piensa en absoluta sincronización.

En definitiva, se trata de un libro muy evocador, de los que invitan a ejercicios de imaginación llenos de detalles y sensaciones y vuelven a nuestra mente, como las mareas, durante bastante tiempo después.

Te gustará si te gustó ‘La serpiente de Essex’ de Sarah Perry.

Mi versión de la portada:

Pintura digital en Krita

‘Hypokeimenon’ de Arturo Palenzuela Reyes

Año de publicación: 2017

Nº de páginas: 219

Editorial: Círculo Rojo

Álvaro, un adolescente cuyo sueño es ser dibujante de cómics, se enfrenta al amor, a sus complejos y a sus miedos a través del dibujo y la escritura. Hypokeimenon es un ejercicio de introspección, es aquello que Álvaro tiene en alguna parte de la cabeza, es el arte como medio de conocimiento de uno mismo, de interpretación de lo que le rodea, de expresión y de catarsis. Supone una profunda incursión estética y filosófica en dos de los momentos más traumáticos en la vida de un artista: el alumbramiento como acto creativo y el paso a la edad adulta.

Hay una infinidad de historias de paso a la edad adulta que se centran en los hechos (decisiones correctas, amoríos fracasados, amistades que se enfrían) y dejan de lado todo eso otro que va por dentro y que es tan difícil de desenmarañar. La óptica de Álvaro nos brinda una visión nueva sobre esa etapa por la que todos hemos pasado y que casi ninguno podemos poner en palabras. En él confluyen el sentimiento tan habitual de no pertenencia y una capacidad poco común para expresar todo lo que conlleva su búsqueda a través de la escritura y el dibujo.

Este libro es una erupción de emociones, pensamientos y desasosiegos que desembocan en no pocas conclusiones trascendentales. La certeza, que se instala muy poco a poco, de que es prácticamente imposible no estar a solas con nosotros mismos, por muchas personas que haya alrededor. El sentimiento de desorientación ante todos los aspectos nuevos de la vida que se abren ante nosotros y sobre los que tenemos poder de decisión (y por lo tanto, responsabilidad). Y la sorprendente comprensión de que, aunque pueda parecer lo contrario, nadie supera del todo esa sensación de deriva por muchos años que pasen.

Álvaro la observaba hipnotizado desde abajo sintiendo que había un abismo entre ellos dos, entre su mundo y el de ella, pero a la vez un fino hilo que, si se quebraba, podría hacer que todo se desmoronase; la iniciada le invitaba a participar, alcanzó a decirse Álvaro, pero no podía hacerlo, como un antropólogo que presencia un ritual ancestral de una cultura ajena a la suya, y permanece inmóvil, conteniendo por momentos la respiración, procurando hacer el menos ruido, temeroso de perturbar al chamán y echar a perder toda la ceremonia.

Hay un leitmotiv que nos lleva de la mano entre los episodios de la vida de Álvaro y la otra dimensión que existe en su interior y que se rige por unas leyes particulares. Se trata de ese ruido del que todos los creativos tienen más o menos llena la cabeza: los músicos en forma de notas y fraseos, los pintores en forma de líneas y texturas y los escritores en forma de frases y silencios. Para el protagonista, este ruido es a la vez una bendición y una maldición que le acompaña en sus momentos más negros y en los más luminosos.

Al final, lo más sensato es aprender a moverse entre las mareas de ese runrún, a echar las redes y recogerlas en el momento preciso, y darse permiso a uno mismo para vivir a pesar de los defectos, las dudas y todos los bultos de nuestro ser.

Arturo Palenzuela Reyes se ofrece voluntario para bajar a explorar algunos de los recovecos que pretendemos ignorar y nos sube un regalo en forma de libro. De los que escuecen pero limpian.

Mi versión de la portada:

‘Hyperion’ de Dan Simmons

Año de publicación: 1989

Nº de páginas: 646

Editorial: Nova

En el mundo llamado Hyperion, más allá de la Red de la Hegemonía del Hombre, aguarda el Alcaudón, una sorprendente y temible criatura a la que los miembros de la Iglesia de la Expiación Final veneran como Señor del Dolor. En vísperas del Armagedón y con el trasfondo de la posible guerra entre la Hegemonía, los enjambres Éxter y las inteligencias artificiales del TecnoNúcleo, siete peregrinos acuden a Hyperion para resucitar un antiguo rito religioso. Todos ellos son portadores de esperanzas imposibles y, también, de terribles secretos. Un diplomático, un sacerdote católico, un militar, un poeta, un profesor, una detective y un navegante entrecruzan sus destinos en su peregrinar en busca del Alcaudón mientras rastrean las Tumbas del Tiempo, majestuosas e incomprensibles construcciones que albergan un secreto del futuro.

Después de la maravillosa experiencia de ‘El Terror’ quise explorar más a fondo la obra de este autor, especialmente en el terreno de la ciencia ficción, y he de confesar que no me ha defraudado. A pesar de que la esencia de esta novela es tan diferente a la anterior, se aprecia igualmente un dominio superior en el arte de narrar historias. Precisamente, contando con que hay un claro hilo conductor muy bien estructurado, además de estar presente la esencia de una novela, es una colección de relatos cortos en los que cada uno de los protagonistas nos cuenta su relación con el misterioso planeta Hyperion y con la figura del Alcaudón. Con la lectura de este libro obtenemos los mejor de ambos mundos: el de la novela y el del relato.

A menudo se cae en el error (discutible o no) de catalogar un libro como ciencia ficción por el simple hecho de tratarse de una narración que trascurre en el futuro y en la que aparecen una o dos naves espaciales. Simmons, por otra parte, desarrolla una cultura futura real, palpable en una infinidad de detalles, tecnologías y mecanismos sociales que se alejan de los clichés y profundizan a un nivel considerable en el cómo y el porqué.

Las voces de los diferentes narradores tienen entidad propia hasta el punto de que cuesta recordar que hay un solo autor detrás de ellas. Cada una parece centrar su historia en uno de los grandes temas: el amor, la guerra, el paso del tiempo, la religión, la creación… de manera que, aunque todo está completamente integrado en el tejido de un futuro lejano, nos chocamos con una sensación de reconocimiento y familiaridad que tampoco es habitual en este género. Aunque el primer relato parezca insuperable, continuar con la lectura nos saca de nuestro error: son todos tan maravillosos que es prácticamente imposible escoger favoritos.

Así que en el principio fue la Palabra. Y la palabra se hizo carne en la trama del universo humano. Solo el poeta puede expandir este universo, solo él encontrará atajos hacia nuevas realidades tal como el motor Hawking abre túneles bajo las barreras de la trama del espacio/tiempo einsteniana.

Una de las ideas que empapa toda la narración es la del nacimiento de una religión como mecanismo para explicar lo inexplicable, lo inabarcable. Aunque nunca llega a quedar claro quién o qué es el Alcaudón, somos testigos de un patrón común a todos los protagonistas: cuando la realidad se vuelve demasiado impenetrable, uno a uno ponen su atención en la mítica figura con una esperanza poco clara, pero con esperanza al fin y al cabo.

Otra gran cuestión que aborda esta obra es la de la inteligencia artificial y sus implicaciones. Dan Simmons ha imaginado un paisaje excitante y desolador a partes iguales, en el que las máquinas tienen un dominio tal de la realidad que no solo no podemos entender sino que nos lleva a quedar relegados al papel de peones en un tablero cuya enormidad está fuera de nuestra escala.

Quizás desde que leí ‘La máquina del tiempo’ y ‘La guerra de los mundos’ de H.G. Wells no me había topado con ciencia ficción de esta calidad. Lo recomendaría sin pensarlo incluso a los que aún no habéis profundizado en el género o tenéis vuestras dudas: la estructura en forma de relatos cortos reunidos convierte este libro en un acercamiento perfecto.

Te gustará si te gustó ‘El atlas de las nubes’ de David Mitchell.

Mi versión de la portada: